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Sebastián Domínguez, sin filtro: el gesto de capitán de Ruggeri en la TV, el tabú de la homosexualidad en el fútbol y qué le diría a Messi si quisiera jugar el clásico rosarino

Sebastián Domínguez
El ex defensor, en su rol de analista: "Latorre es una referencia para los de mi camada que dejamos el fútbol y nos metimos en este rol" (@sebadominguez6)

—¿Cuál es el verdadero Seba Dominguez: el ex defensor duro o el que cuenta en televisión que le gusta que lo quieran?

—Cuando compito cambio hasta la forma de pensar. No es ganar a cualquier precio. Pero reconozco que estoy dispuesto a meditar menos algunas situaciones. No habla bien de mí, pero es la realidad. En pos de ganar, me sacrifico mucho y a veces trato de no ser tan reflexivo. Después, una vez que se apaga la competencia -cuando volvés a ser una persona normal- tengo cierta fragilidad emocional. El que la detecta rápido ya me deja de ver como un tipo calentón, duro. Y me descubre como un tipo más accesible. Hasta más manejable. Yo siempre decía lo mismo cuando llegaba a un plantel: “Aprovéchenme ahora, que cuando me saquen la ficha ya se va a perder la magia. Dejo de ser ese tipo más firme, más rudo”. Ahí paso a ser normal, con las inseguridades y los miedos de cualquier pibe.

—Repetiste que volvés a ser normal al salir de la cancha. ¿El futbolista cuando compite no es alguien normal?

—No. Porque uno no razona ciertas formas. Eso tiene mucho que ver con la formación del futbolista. Muchas veces está relacionado más con ganar que con las formas para ganar. Ahí suelo hacer una comparación -aunque no esté buena- con los soldados. Ellos están siempre alerta. Un tipo que viene de la guerra se sienta en la casa, escucha un ruido y ya está listo para la acción. Vos decís “pará, fue el perro que entró y tocó la puerta”. Ellos siempre están así, preparados. Y el futbolista es eso: vos sos un tipo común y corriente. Ahora, de repente hay que competir por algo y ya tenés el instinto de supervivencia activado. Al que no lo vivió de esa manera tan heavy, tan voraz, no se lo podés transferir. Por eso digo que no es tan saludable. No lo digo con orgullo sino pensando en que también tiene algo de enfermizo.

—¿Te pueden enseñar a competir así o viene con uno?

—Te enseñan a competir, pero hay una parte de uno. Yo tuve a mi viejo, que fue un tipo al que siempre le gustó competir. Fue un entrenador superexigente. Siempre le dije que hasta cierta edad nunca me había dicho que yo había jugado un partido bien. Hoy lo pienso como padre y digo “es bravo”. Pero no lo hizo con mala intención. Siempre quiso que me esforzara por ser el mejor. Él tuvo una frustración muy grande de pibe. Quiso ser futbolista y no pudo jugar en Estudiantes de La Plata porque mi abuelo no le firmó el pase. Quedó ahí de ser compañero del Tata Brown. No fue por condiciones. Yo lo vi jugar de grande, pero por lo que cuentan fue impresionante. Hasta el día de hoy me dicen “no sabés qué jugador [era] tu viejo”. Entonces pienso que uno normaliza un montón de cosas al competir porque te lo hacen ver de esa manera. Tal vez hay pibes a los que podés llegarles de otra forma. Yo tengo la sensación de que por el objetivo de ganar se quedaron buenos futbolistas en el camino.

—¿Es competir o ganar la competencia? En realidad no les gusta competir, estar a la altura del juego. Quieren ganar.

—Sí. Es ser el mejor. Cuando vos eras chico jugabas para ser Maradona. Más adelante, el tiempo va poniendo a cada uno en el lugar que corresponde. Obviamente yo no llegué a ser Diego. Pero de pibe uno decía que el sueño era ser campeón, jugar un Mundial y ser como él. Usar la 10 y ser el capitán de la Selección. Para eso te hacés futbolista. Después hay chicos que tienen una carrera brillante y no les toca estar en equipos que sean campeones. Y ellos individualmente se destacan. Yo siempre asocié más el éxito con el triunfo colectivo -con ser campeón- que con un logro personal. Tal vez por mis condiciones no me destacaba tanto individualmente. Sí dentro de los equipos.

—¿Cómo llevás con tus hijos ese gen competitivo?

—Bien. Pero estoy llegando a una etapa de ambos en la que quiero ser franco. Contarles que me gusta mucho cuando se divierten, pero que quiero que sientan cómo es ganar. A ver qué les pasa con eso. Obviamente, no los vuelvo locos. No les estoy encima diciéndoles “si ganás sos bueno y si perdés sos malo”. Sí trato de que no demonicen la palabra ganar. El tema es no volverse loco si no ganás. Mi nene tiene recién 5 años. Con él es todo divertirse. Mi nena es más grande y empieza a competir en patín. Ya tuvo su primera competencia. Estaba muy preocupada por competir. Cuando salió segunda es como que dijo “quiero esto”. Ahí yo le decía “¿viste lo que es?”. Esa sensación de sentirse importante, a cualquier ser humano le gusta. O por lo menos lo seduce.

—¿Creés en el ganar para sentirse importante?

—A veces lo hablamos en el programa, en F90. Es sentirnos queridos, visibles. Uno a veces siente que es invisible en un montón de ambientes, y cuando se te empieza a reconocer es como que decís “acá estoy, este soy yo”. Eso hoy para la sociedad está directamente emparentado con ganar. Aunque el triunfo no puede ser nunca lo único, porque si no te enfermás por el éxito. Yo pienso que uno puede administrarlo. Saber que hay alternativas al ganar. O que no ganar siempre tampoco es tan malo. Porque a veces hacés las cosas bien y no te toca ganar. Poder disfrutar del hecho de competir lleva a cierto alivio en cualquier carrera deportiva.

—¿Eso en algún momento se va, ese espíritu, o nunca?

—Yo creo que no se termina de extinguir nunca. En algún momento está como dormido. Pero hay algo que te lo despierta. Le pasa a todo el que compitió al máximo nivel. Y cuando digo eso es al máximo nivel que cada uno puede. Yo no voy a dejar de competir nunca de alguna u otra manera. Aunque conozco algunos pibes que se lo toman distinto. Yo siento que es más que lo que los apagaron ellos que que se le haya apagado naturalmente. Descuidaron ese gen competitivo, si se quiere.

Sebastián Domínguez en sus días de futbolista caminó en contra de una las máximas del gran Coco Basile. El ex entrenador de la Selección suele decir que los mejores centrales “tienen que ser feos y con cara de malos”. El propio Cabezón Ruggeri -el capitán de esa Argentina que ganó las dos Copas América con Basile- sube la apuesta en sus apariciones desopilantes. Es capaz de pedir que huelan feo y ni se laven los dientes para ahuyentar a los delanteros. Seba siempre impuso respeto más por su potencia física que por su apariencia. Llevó la cinta en el Newell’s campeón del Tolo Gallego, en el Apertura 2004, cinco años después de debutar en Primera. Jugó en Corinthians con Tévez y Mascherano, cuando Passarella fue el entrenador. Pasó dos veces por Estudiantes de La Plata. Jugó poco en América de México una vez que llegó Ramón Díaz. Pero su mejor momento fue en el Vélez del Tigre Gareca. Ahí no solo le ganaron muy bien el recordado campeonato al Huracán de Cappa. Dejaron una huella. Así llegó a la Selección con Maradona y con Sabella, aunque él dice que su cabeza le jugó en contra. Pensar mucho a veces es su gran virtud y de a ratos es su gran enemigo.

A los 40 años, Seba siente igual que cuando andaba en botines. Aunque su rol cambió. O el lugar desde donde expone el jugador que fue. Analiza el juego y debate todos los mediodías en 90, el clásico de la TV deportiva al que se sumó en septiembre de 2020. Hace más tiempo aún es comentarista de partidos top también en la pantalla de ESPN. Así conviven el personaje rudo y el sensible. El que puede hablarle enojado a la cámara cuando su Twitter le muestra el costado más cruel o el que puede contar intimidades de su vida cotidiana. En ese choque de Domínguez siempre habrá un verbo que lo une: competir. En la cancha, cuando el 9 pretendía salir en la tapa dejándolo de rodillas. En su andar amateur, porque es capaz de ver que una señora grande lo pasa mientras anda en bicicleta y pedalea hasta que ella quede atrás. O en la televisión, donde busca ser el mejor. “Ser visible”, es otro de los conceptos de alguien al que cada vez se lo ve más…

—¿Hoy en qué competís?

—Compito en tratar de ser el mejor en lo que hago. Me gusta mucho comentar. Latorre es una referencia para los de mi camada que dejamos el fútbol y nos metimos en este rol. Obviamente, nos pusimos todos por debajo de Diego. Pero decimos “yo quiero llegar a ese lugar alguna vez”. Hoy en cualquier encuesta en la Argentina él siempre está 1 o 2. Hace años. Después, son cosas muy subjetivas, de acuerdo al gusto de cada uno. Esa es la competencia conmigo. Quiero que el público me reconozca de esa manera. Que diga “mirá, Seba dejó el fútbol, que lo hizo bastante bien. Y ahora está en los medios y le va bien”. Es la competencia con lo que decía antes: ser visible, que la gente te reconozca.

—¿Comentar en TV arranca por una cuestión de gusto o por mantenerse visible hasta ser entrenador?

—Me permite estar cerca del fútbol, que me apasiona. Si bien le busqué otra vuelta a las cosas, terminé chocando siempre con la misma pared. El fútbol siento que lo hago bien. Lo hacía como jugador y ahora siento que lo hago bien en el medio. Si me dedico a otra cosa, la música, por ejemplo, que me gusta, me doy cuenta de que soy normal. No sobresalgo. Soy un pibe que no te entrego nada diferente como para que la gente se pare a verme. Con el fútbol sí me pasa. Entonces ahí decís “lo acepto, no lo discuto”. Hay mucha gente que dice “no, es la música y tiene que ser la música. Antes era fútbol y ahora tiene que ser música”. Yo no lo fuerzo. La música entonces será un hobby y el fútbol sigue siendo fuerte en mi imagen. Así me encontré viajando a otros lugares que como profesional no había conseguido. Ir a una Champions, estar en los pasillos de la cancha, ver entrenamientos. Me lo puede haber contado un compañero, pero yo no lo vi. Estuve tres horas con Pochettino reunido hablando de fútbol. No hubiese llegado nunca como jugador. Como comentarista estoy en mi hábitat. No tengo que disimular nada. Todo lo que digo es totalmente espontáneo. No regulo nada. Soy honesto.

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Domínguez, con la casaca de la Selección, en un Argentina-Brasil de 2012 (Foto Baires)

—¿Buscaste vos ser comentarista en ESPN o alguien vio esa capacidad en vos?

—Me llamaron del canal. Ya había tenido un contacto previo antes de retirarme. Me fueron a buscar y le di la chance a ese rol. Empecé viajando de Rosario a Buenos Aires. Yendo y viniendo. Después me terminé enganchando. Por esto que te digo: soy curioso. Cuando algo me cuesta le quiero encontrar la vuelta. Hoy me falta mucho. En cuanto al comentario, por ejemplo, que sea más redondo. Decir lo mismo en menos tiempo. Dejé de leer mucho, algo que me juega en contra. Hay momentos en los que consumís todo. Leés, leés, leés. Y momentos en los que no abrís un libro ni de casualidad. Estoy empezando a sentir que comentar puede ser parte de mi camino posfútbol. Además me permite disfrutar mucho a mi familia. Que es de lo que más sufrí en el último tiempo jugando.

—¿Sentís que te podés quedar en la cabina o en el estudio de TV?

—Sí. Siento que antes esperaba que en algún momento llegara un ofrecimiento para ser entrenador. Y hoy si no llega nada, digo “esto lo estoy disfrutando, me gusta, cada vez lo valoro más”. Me pasa con el programa también. Yo venía de hacer una carrera buena, en ascenso, pero en otro volumen de masividad. Ahora 90 me puso en un lugar de mucha visibilidad. Entonces también tengo una responsabilidad. Lo más groso que sentí en este tiempo fue responsabilidad. Siento que si no lo manejo así duro tres días en el medio y paso a ser un cachivache.

—¿Por qué tenés ese temor?

—Porque mi manera de entrar fue desde la coherencia. Desde pensar lo que digo. Y sobre todo por la sinceridad. Siento que si me creo un poquito de más el personaje, la misma gente que me reconoce me va a poner en mi lugar. Esto no es estar viendo todo el tiempo las redes. Mis amigos, mi familia, mis compañeros y yo mismo son mis termómetros. El comportamiento en masa nunca es tan real.

—¿Ese lugar de visibilidad lo da un programa de 15 temporadas al aire y tener también al Cabezón Ruggeri al lado?

—Sí. Aparte confunde. Porque yo no soy el Cabezón. Entonces si yo razono ciertas situaciones a la par de Ruggeri la pifio. Eso es entender los lugares de cada uno en 90. En qué puedo ser útil. Me parece que en la mirada del jugador puedo estar a la par por haber jugado muchos años, pero después hay un montón de cosas en las que ocupamos lugares distintos. Es lógico. Y ese tipo de confusiones suceden. Es muy difícil para el ser humano cuando todo el mundo te dice “sos bueno”, “sos bueno en lo que haces”. En algún momento te creés un poquito más de lo bueno que sos… Ahí está la alerta. Yo creo que no tuve ninguno todavía. Decir “me bandeo o estoy meando fuera del tarro”. La verdad, no lo sentí todavía. Como que vengo bien, ja.

—Ruggeri, además ser una persona más grande que vos, es muy capitán. ¿Te dijo algo en algún momento cuando en septiembre del 2020 te sumaste a 90?

—Algo puntual, no. Pero quien lo conoce íntimamente al Cabezón sabe que, antes que cualquier virtud que puedas nombrar sobre él, es inteligente. Es un tipo bicho. Que nos va leyendo todo el tiempo a sus compañeros y qué pide el programa. A veces ni siquiera te habla. Te mira y con el gesto te dice “es por acá”. Es la capacidad que tiene para comandar.

—Hace un tiempo generó mucho impacto cuando hablaste de la homosexualidad en el fútbol. Un tema tabú. Ese día dijiste que “hay dos lugares de donde no volvés: si sos buchón o si sos homosexual”.

—Tengo opinión sobre muchos temas. Pero a veces carezco de ciertas herramientas en la forma de abordarlas. Ese día dije que era “una elección” y después lo corregí en redes. Son pequeñas cosas para ser preciso. Por eso me pongo a investigar para que no me pase con otras cosas. Lo que apaciguaba el elegir mal las palabras fue decir “había que ponerlo sobre la mesa”. Hay que discutirlo. Hacer un primer toque como para decir “a ver qué puerta se abre a partir de esto”. Eso me parece valioso. Una vez Hernán Crespo me dijo que yo me iba a cansar de la TV porque no podía cambiar nada de lo que sucede. Siempre iba a contar lo que le pasaba a otro. Puedo contar qué pasa en un partido pero no puedo cambiar lo que sucede en el juego. Y que ahí iba a querer ser entrenador. Pero después de estos meses me di cuenta de que también en el medio hay un montón de cosas que no me gustaban y que hoy estando adentro puedo ser un agente de cambio. En muchas cosas tendré mi punto para bien y en otras no. Yo creo que es una de las patas que me aferra a seguir. No vengo a boludear acá. Vengo a tratar de hacer algo mejor. A ver… No soy el mesías que desciende del cielo para hacer un medio mejor. Pero sí apuesto a lo que te decía: siempre que uno quiera cambiar algo, desde adentro es mucho más fácil que desde afuera.

—¿Sentiste que ahí abriste esa puerta?

—Sí. Yo siento que sí. Tampoco es una puerta que uno tiene que estar cagándola a patadas todo el tiempo. Hay cosas que tienen que salir naturales. Si uno las fuerza se termina empiojando al pedo. Estoy convencido de que las cosas aparecen por algo. Después, se le da importancia o no a partir de las sensaciones que va generando el tema, en este caso. Pero es una puerta que ya se abrió.

—¿Qué repercusiones tuviste? ¿Te llamaron jugadores ?

—Me ayudaron a tener más herramientas. También me dijeron que estaría bueno que yo pueda llevar la voz de este tema. La verdad, no es una lucha que me la tenga que cargar yo. No lo siento así. Pero sí me parece que fue importante. Sirvió.

—¿Es de cavernícolas, como dijiste, pensar que si sos homosexual no podés jugar al fútbol? ¿Es un tanto generacional? ¿Por qué muchas veces en el ambiente del fútbol es más señalado el homosexual que el mal tipo?

—Sí. O pensar que vas a jugar mal. Hacer bien el deporte no depende de tu deseo sexual. Me parece que es una cuestión de ignorancia. Que tiene que ver mucho con ser cavernícola o no. Lo que uno ignora genera miedo. Hay gente a la que no le interesa el tema, insistir sería forzarla. Hay gente que le preocupa. Y hay gente que no lo entiende. Entonces yo decido con ciertos temas. Si a alguien no le interesa, intento. Pero si no le interesa, no le interesa. El laburo está en el que no lo entiende. Aunque no nos pongamos de acuerdo, tratá de ponerte en el lugar del otro. Nada más. Después, no tenés que pensar lo mismo. No tiene que ser unánime. Pero por lo menos escuchar lo que piensa el otro. A mí me pasa mucho: cuando estoy en una discusión y veo que el otro no piensa como yo, pero además no entiende lo que digo, pierdo la paciencia. Me cuesta mucho encontrar los caminos. Es algo que tengo que corregir. No enojarme y seguir intentando.

—¿Creés que estamos cerca o muy lejos de que se entienda que el homosexual puede jugar al fútbol? Las generaciones van evolucionando, hoy hay muchas aperturas a cuestiones que cuando éramos chicos eran casi imposibles.

—Yo soy recontra optimista porque veo a mis hijos. Ellos ya vienen con otra mirada de lo que es normal o no es normal. Los pibes vienen con muchos menos prejuicios. Vos decís algo de alguien que no te gusta y los chicos te miran con una cara… Lo primero que te dicen es “papá, es su vida, no le rompas las pelotas”. Entonces vos pensás “si viene por ahí es recontra bienvenido”. Yo, en cambio, crecí en un ambiente donde quizá vos decías “¿sabés por qué fulanito tiene problemas? Porque los papás están separados”. Que los padres estuvieran separados en el 90 era tabú. Ahí pensás: “Claro, puertas adentro que se estén fajando tus dos viejos es totalmente normal. No los ve nadie. Pero en la foto salen sonriéndole a la vida”. Yo pienso que eso cambió. Hoy los pibes están mucho más vivos. Eso me deja tranquilo. Es un problema más generacional. El trabajo es más con la gente de nuestra edad, de nuestra época. Ya hace algunos años, desde el 2005 para acá, que el mundo fue cambiando. Tiene que ver con la globalización, con tener acceso a lo que pasa en el mundo. Antes siempre era cómo te lo contaban, qué te decían. Hoy los chicos manejan un montón más de información que nosotros a su edad.

—¿Te pasó de tener un compañero homosexual?

—No. Inclusive nunca llegué ni a sospechar. A decir “che, mirá, la estará pasando mal este pibe”. No. Lo cual me hace más ruido todavía. Porque decís “puta, lo habrá disimulado bien”.

—Seguro hubo alguno y no lo supieron. Y quizá hasta se lo discriminó sin saberlo…

—Exacto. Pero es parte del cambio. Yo creo que va a ser mucho más natural. Esa es otra: se sigue pensando que va a haber un antes y un después de que 3 o 4 pibes salgan y puedan decir “che, mirá, a mí me pasa esto”. Creo que está más cerca de lo que pensamos y va a tener mucho menos complejo de lo que pensamos. Pero bueno, hay que ver quiénes son esos 3 o 4 primeros.

—Y van a tener que soportar muchas cosas.

—Pasa por ahí. A veces los pibes -cuando ponen en la balanza mostrarse tal cual sienten- saben que implica fumarse todo este lío que viene después. Creo que lo último que les importa es decir o no si les gusta un pibe, o una piba. Es bancarse todo lo mediático que está atrás. Que indudablemente va a ser un desgaste para el que decida hacerlo. Por otro lado, siempre hay gente dispuesta a cargar con ese peso y poner en la balanza que también eso sea valioso para otros pibes. Así que yo pienso que es una cuestión de tiempos. Igual insisto: en un periodo más breve de lo que nosotros pensamos puede aparecer esta discusión.

—Te cambio de tema. ¿El clásico de Rosario es tan loco como se ve desde Buenos Aires?

—Es violento deportivamente. En los medios y en la calle. Si ganás los disfrutas. Pero yo creo que cuando estás solo en una habitación, con un compañero con el que tenés mucha confianza, más de uno se habrá mirado y dicho “la verdad, qué dolor de pelotas jugar este partido”. A veces tenés amigos del otro lado. Entonces pensás “loco, si gano es un garrón para aquel que es amigo mío”. Sabés lo que va a vivir, porque no todos ganaron todos los clásicos que jugaron. Yo creo que es violento. Pero seguimos poniéndolo en el lugar del folcklore… Obvio que la solución no es dejar de jugarlo. Pero sí hay que cambiar la forma de pensarlo, de transitarlo, de vivirlo después. Si eso no cambia es difícil. Ver la ciudad toda pintada de rojo y negro, o de azul y amarillo no me genera. Por ahí uno viene de afuera, no sabe lo que realmente vivimos, y dice “mirá qué copado, cómo vive el fútbol esta gente”. Me tocó ganar el clásico y terminar campeón. Estar mucho tiempo sin perder en el Coloso. Pero cuando pensás en las malas sabés que la pasamos mal. Yo digo que el que ganó 10 y perdió 2, de esas 2 veces se acuerda. Se sufre mucho. Aunque a la vez es un partido esperado, que ya tiene una carga emocional desde Inferiores. A veces llegás a Primera quemado. Ya viviste esa historia tantas veces con una presión tan grande… Nosotros jugamos una final con Central y la ganamos por penales. Era en Quinta, o en Sexta. Justo el otro día me la mandaron al chat. Ahí pensás lo que eran esos partidos. Cómo nos tratábamos con los mismos pibes que después nos cruzábamos en la ciudad. Y decís “no, no es por acá”. Insisto en la ecuación final no es que no se juegue más. Que se juegue bien. Hay que encontrarle la vuelta.

El zaguero, con la casaca de Vélez, con la que se siente identificado a la altura de Newell's, el club de sus amores
El zaguero, con la casaca de Vélez, con la que se siente identificado a la altura de Newell's, el club de sus amores

—¿Qué le responderías si Messi, a quien conocés de pibe, te dice “estoy pensando en volver porque me gustaría sacarme las ganas de jugar un clásico de Rosario”?

—Que se va a tener que preparar emocionalmente para vivir en Rosario. Ojo: Leo es el mejor del mundo y está preparado para un montón de situaciones que nosotros no tenemos ni idea. Nosotros -digo- por los que hicimos el mismo deporte que él pero a otro nivel. Con tanto tiempo viviendo afuera no sé hasta qué punto su familia, o él mismo se podría adaptar a lo que se vive en la ciudad. Después, es cuestión de resultado. Con uno positivo se adaptaría un fenómeno. Y no con uno negativo… ¿Pero quién da el primer paso cuando es tirar la moneda y ver qué pasa? No sé cuántos le aconsejan “dale, dale, volvé que no pasa nada”. Yo creo que da mucha incertidumbre. Es poner a un tipo en un casino. Todo esto a que gane esta mano. Plata o mierda. No sé si es lo más recomendable para Leo. Yo creo que el conflicto existencial que debe tener él como ser humano es no poder vivir tranquilo. Entonces ahí tenés que saber que vas al epicentro de no poder vivir tranquilo… Si pensás que podés, bienvenido. Si tenés mínimo de duda, no vengas porque la vas a pasar mal.

—¿Qué sentís cuando ves la emoción de tu papá en la película de Messi por haber sido técnico suyo en Newell’s?

—Mi viejo siempre pagó un reclamo nuestro. Le decíamos “siempre estuviste más para tus dirigidos que para nosotros”. Él era el mejor. Vos veías que era el consejero, el que estaba siempre. Él es un tipo durísimo, un gringo de campo. Te generaba mucho respeto. Muy calentón. Hasta violento, en el sentido que si se tenía que fajar, se fajaba. Pero un tipo que te dabas cuenta de que los jugadores lo querían mucho. Por eso te decía que con mi hermano Nicolás, antes de que naciera Paula, la más chica, le decíamos “vos querés más a tus dirigidos más que a nosotros, maestro”. Pero él disfrutó mucho su etapa como entrenador, que la cierra cuando Leo se va de Newell’s. Ahí no dirigió más. Tuvo algunas cosas, intentó, pero hubo un antes y un después en la salida de Messi. Ahí mi viejo perdió la fe en el fútbol.

—¿Por qué perdió la fe?

—Porque se fue Leo… Mi viejo hizo todos los intentos para retenerlo. Tenía y tiene una relación muy buena con Jorge Messi, pero no pudo cambiar la historia. Sintió que era una injusticia tan grande, que para él no hubo reconciliación con el fútbol. Ese día algo se murió en él.

—¿Tu viejo te decía de pibe que Messi iba a ser como Maradona?

—Sí, decía que iba a ser mejor. Pero hay que ser justo: vos en cada categoría tenías uno. Maxi Rodríguez en la 81, por ejemplo. La Fiera iba a ser Maradona. Él terminaba con 20 goles en un torneo y el segundo hacía 25. No era normal. Diferentes cosas después te van acomodando. Maxi hizo un carrerón, es un futbolista extraordinario, pero no es Messi. En esa época, en Newell ‘s estaban Billy Rodas, Messi y el Gato Formica. Leo tenía otra velocidad. Lo mismo que pasa ahora. Es como si él tuviese a alguien que le va diciendo en la oreja, desde arriba, para dónde tiene que correr, para dónde gambetear, quién le llega de costado. No podés tener ese campo visual. No podés incorporar toda esa información en una milésima de segundo dentro de la cancha. Eso lo ves de afuera y en cámara lenta. El tipo lo hace en tiempo real. Había futbolistas a su edad que lo hacían. Como Maxi, el Gato… Hay una barrera desde los 17 años más o menos, cuando físicamente ya empezás a estar desarrollado. Ahí muchos se quedan. Otros resisten y pasan. A mí me costó mucho y de ahí en adelante fui una bestia físicamente. Leo llego hasta ahí y cada vez hizo más diferencia. Billy Rodas desapareció del mapa de los grandes futbolistas argentinos. Pero podés decir que a la edad de Messi había otros que jugaban como él. Ahí es donde te preguntás quiénes llegan a Primera. Yo ahí tengo una discusión existencial. No sé si siempre llegan los mejores. Para mí llegan los que resisten y tienen un entorno favorable.

—¿Se puede llegar a Primera y ser feliz y respetado sin jugar en Boca ni en River?

—Sin dudas. Hay que tener un poquito de suerte también. Yo siento que en Vélez la gente me valora mucho. Pero también viví una etapa en la que River y Boca no estaban a la altura de Vélez. River se fue al descenso. Boca estaba en esa marea de contrataciones en la que nadie rendía. Entonces el foco estaba un poco en Vélez, donde de 10 campeonatos en esa época en 7 llegamos a la final con chance de ser campeones en la última fecha. Algo que hoy no lo vive ningún equipo del fútbol argentino. No ligamos a nivel internacional, sino creo que le podíamos pelear más cerca a la camada de Bianchi, que fue inalcanzable. Sacando a esos equipazos fuimos nosotros esos 5 años con el Tigre Gareca.

—¿También pagaste el no pasar por Boca o River con jugar con Messi en la Selección?

—Sí. Igual nunca me desesperaron Boca y River porque tuve un lazo de afecto muy grande con Newell’s. Para mí era Newell’s y ser campeón. Con eso ya estaba. Todo lo que viniera atrás era de arriba. Después apareció la Selección como objetivo principal. Y mi llegada tiene que ver con Vélez más que con cualquier otro club. Soy hincha de Newell ‘s, nací en el club, sufrí mucho por el club, pero debo reconocer que me cuesta no poner a Vélez a la par. Es difícil que el de Newell´s se diga “¿cómo a la par si vos sos de la Lepra?”. Es difícil de explicar pero decir que no soy hincha de Vélez también sería una traición a lo que siento. Puedo decir que soy hincha de Vélez y de Newells. Nadie me lo va a entender. Entonces digo que siento un profundo agradecimiento por lo que me dio Velez en mi carrera. Y que también llego a ponerlo a la par de Newell’s.

Sebastián Domínguez
"Ser comentarista me permite estar cerca del fútbol, que me apasiona" (@sebadominguez6)

—¿Cómo fue estar parado con la Selección cantando el Himno?

—Fue tan esperado que pienso que se transformó en la traba más grande para rendir en la Selección. Fue decir “llegué”. Y no vi todo lo que venía después. Tenía posibilidad de mantenerme. Pero siempre dije “no, fue hasta acá, con cantar el Himno con la Selección ya estoy. No quiero la presión, no quiero más”. Eso fue con Diego. Después, con Sabella, sentí que ya me lo podía tomar de otra manera. Lo disfruté mucho más. Me vi muy cerca pero también entendí la decisión de quedarme afuera. Es como siempre me faltó un cachitín para decir “Seba es jugador de Selección”. Nunca me sentí jugador de Selección. Una vez que estaba ahí me faltó decir “ahora es a fondo”. Es como que llegué con la última bala y dije “no me queda más. Soy esto. No tengo ese salto. Pero la arena está ahí… Tenés que dar dos brazadas más”. Yo no tenía más. Me morí en la orilla. Aunque todo ese trayecto nadando fue increíble. Por eso me morí satisfecho. Esa es una palabra con la que muchos futbolistas luchan el resto de su vida. Yo terminé con una carrera muy en paz aun sin jugar un Mundial.

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