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Pasó hambre en Racing, fue compañero de Dybala y le cumplió el sueño a su hijo gracias a la estrella de la Juventus

Claudio Fileppi
Claudio Fileppi festeja un gol de Racing en el clásico frente a Independiente. FOTO NA: HERNAN ESPAÑA

Ahí estaba él. Lejos de su casa, su familia, sus amigos, el potrero y las calles de tierra. Llevaba varios años desde que había abandonado Misiones para sumarse a las inferiores de Racing. Con la llegada del nuevo milenio, Claudio Fileppi se animó a la aventura de cambiar los picados de la Chacra 38 de Posadas por el sueño de convertirse en jugador profesional.

Ahí estaba él. Aguardando el aventón que le había prometido una de las figuras del equipo. Todavía vivía en la pensión del club. Al igual que otros 30 jóvenes que tenían las mismas esperanzas de llegar a Primera. Sin comodidades. Era una época de austeridad y sacrificio. Compartía su pequeña habitación con otros 5 juveniles, y los reducidos espacios solo permitían que las camas gastadas ocuparan el mobiliario del cuarto. “Estábamos todos apretados y teníamos 2 baños para 30 pibes”, recordó en diálogo con Infobae.

No había consolas, ni celulares, redes sociales o Internet. Y las manchas de humedad en las paredes y los techos representaban la única decoración en las instalaciones. Pero ahí estaba él. Esperando la llegada del experimentado delantero que lo iba a pasar a buscar por el estadio para que pudiera llegar a horario a la práctica que el equipo de Guillermo Rivarola tenía pautada en Escobar.

Eran tiempos difíciles. De necesidades, mucho apetito y constante superación. “Durante unos meses hubo un representante que nos alcanzaba comida para que todos pudiéramos comer. Y el señor que estaba a cargo nuestro hacía lo que podía. Cenábamos a las ocho y media, y a las diez ya teníamos hambre de nuevo. A veces nos metíamos en la cocina para rescatar algo; y siempre había un poco de jamón, que lo comíamos con un pancito porque teníamos hambre en serio”, detalló Caíto.

Algunos padres que se encontraban en una buena posición económica donaron en alguna oportunidad unos televisores para que sus hijos pudieran entretenerse en la pensión. Pero no era el caso de Fileppi. La humildad de su familia no permitía esos privilegios. Y sus horas libres las pasaba en la sala común, donde discutía con el resto de los jugadores sobre qué programa mirar. Por lo general, las noches de Marcelo Tinelli acaparaban la pantalla chica. “Había llegado de Misiones con muchas ganas y no le había dado importancia a la situación que atravesaba el club. Mi deseo era jugar para un equipo de Buenos Aires y se me dio en Racing, que es un grande”, analizó dos décadas más tarde.

Pero ahí estaba él. Tenía que estar en Escobar antes de las nueve y media para comenzar con la práctica que lideraba Guillermo Rivarola, y Raúl Estévez le había prometido que “lo levantaba” a las ocho para tener margen. Como la otra opción era viajar con la combi de la utilería (que salía a las 5 de la madrugada para organizar el trabajo que iba a desarrollar el plantel) Caíto no dudó en aceptar la propuesta del Pipa.

Para evitar cualquier contratiempo, el prometedor volante se despertó a las siete, y 20 minutos más tarde se dirigió hacia el lugar que le había indicado su compañero. Era temprano. Y para confirmar que ya estaba listo, le envió un SMS desde el celular analógico que tenía en ese momento.

Era una de sus primeras prácticas con el equipo profesional y la ansiedad lo llevó a escribirle otro mensaje al delantero. “Pipa, mirá que ya estoy”, le envió cuando el reloj marcaba las 7:30.

La falta de respuestas inquietó al joven. A las ocho menos veinte intentó llamarlo, pero no se pudo comunicar. Pasaron 15 minutos y probó de nuevo. Nada. La intranquilidad fue en aumento cuando le escribió un nuevo mensaje a las 7:55 y Estévez seguía sin dar señales de vida. “La puta madre”, pensó.

Llegó la hora establecida y el Pipa continuaba sin aparecer. Se hicieron las 8:10 y nada. Pasaron otros 5 minutos y las llamadas seguían sin tener respuestas. Su preocupación fue en aumento cuando se dio cuenta de que no tenía ni un peso para llamar a un remís. “¿Cuánto me saldrá un taxi? No, ni en pedo”.

El reloj continuó su curso y cuando la resignación parecía apoderarse de su ser, el Pipa Estévez se dignó a atender su teléfono. Eran las 9:10.

—¡Pipa! ¿Cómo estás? Te hice como 30 llamados… ¿Dónde estás?—le preguntó Fileppi con lo que le quedaba de voz.

—¿Cómo va Caio? Pasé hace 20 minutos y no había nadie—le respondió el delantero.

—¡No, boludo! Si estoy acá esperándote desde temprano, ¿cómo no me viste?

—Pero Claudio, pasé y no había nadie. Ya pasé el Obelisco y estoy yendo a entrenar…

—¡No, Pipa! ¡La puta madre! ¿Qué hago ahora?

—Y qué se yo… tomate un taxi. No veo otra.

—Pero no tengo plata, Pipa. Estoy desesperado. Habíamos quedado a las 8.

—Bueno, fijate cómo hacés. Yo pasé y no había nadie

—Pipa, hace 40 minutos que te estoy esperando ¡Por favor no me hagas esto! ¡No pasaste!

—Sí pasé— fue la última frase que pudo decir su compañero antes de lanzar una carcajada insostenible.

—¿Qué pasa?—atinó a preguntar Fileppi.

—¡Hijo de puta, te cagaste todo eh! Quedate tranquilo que ya estoy llegando…

“De la desesperación casi me largo a llorar, porque me estaba volviendo loco. Cuando llegó con su BMW agarró la Panamericana a 220, y yo que soy un cagón con el tema de la velocidad no paraba de transpirar. Tenía que aguantar esas cosas porque era el único que me podía llevar. El atrevido iba a los gomazos”, explicó Fileppi a la distancia con el mismo sufrimiento que le hizo sentir su colega aquella mañana.

Claudio Fileppi
Claudio Fileppi marca al Burrito Ortega en un clásico entre River y Racing disputado en el Monumental. FOTO NA: DAMIAN DOPACIO

Más allá de la broma, el misionero también vivió experiencias inolvidables en la Academia. Cuando estaba bajo la órbita de Juan Barbas, tuvo un campeonato extraordinario en las inferiores y sus producciones motivaron a Hugo Tocalli a llamarlo para la Selección Sub 17.

Los entrenamientos en Ezeiza junto a Carlitos Tevez, el Rayo Menseguez, Maxi López y Juan Pablo Carrizo, entre otros, le dieron un impulso motivacional para que siguiera construyendo su camino a base del esfuerzo. Todavía recuerda cómo se paralizó cuando vio al Burrito Ortega trabajando a su lado en la previa de un partido de las eliminatorias para el Mundial del 2002. “Era al tipo que veía en la tele y me tocaba hacer ejercicios con él. En ese momento no había cámaras en los celulares, pero si hubiera sido hoy, le hubiera pedido varias fotos. Estaba impactado y cuando lo veía pasar no me salía ni una palabra”, confesó.

Como Rivarola lo conocía desde la Reserva, su debut en Primera llegó cuando el técnico reemplazó al Pato Fillol. Además, su adaptación al plantel se produjo de inmediato porque había compartido la pensión con el Chaco Torres, Chiquito Romero y Licha López, quienes también habían sido promovidos por esos años. “Pero también estaban los grosos que vinieron de afuera como el Cholo Simeone y el Piojo López, que demostraron una humildad terrible”, aclaró.

En esa época comprendió el significado del profesionalismo extremo. Cuando compartió el plantel con el Cholo Simeone se sorprendió por los métodos que aplicaba el actual entrenador del Atlético Madrid. “Con 35 años trabajaba en la pretemporada como un pibe de 20. Siempre era el primero en todos los ejercicios y cuando terminaban las prácticas se quedaba haciendo abdominales”, reveló.

La actitud del ex volante no solo se relacionaba a las condiciones físicas. En las conversaciones que mantenía en las concentraciones, el Cholo “siempre hablaba de tácticas con los más grandes y el técnico. Conocía todos los detalles de los rivales y estaba pendiente de las virtudes y defectos de todos los equipos”.

Según la mirada de Fileppi, “Simeone vive para el fútbol, y por eso le va tan bien”. Incluso una anécdota con el ídolo de la Selección refleja la autoridad que imponía en el grupo: “Una vez me tocó ir a la habitación con él, porque trabajábamos en doble turno y había que dormir la siesta. Salió del cuarto, habló por teléfono un ratito, cortó y cuando regresó vio que yo estaba mirando la tele. La apagó sin decirme nada porque había que dormir. El vago no te preguntaba si tenías sueño, pero había que descansar. Y con la comida también se cuidaba muchísimo”.

Claudio Fileppi
Claudio Fileppi intenta superar la marca de Victor Zapata ante la mirada del Cholo Simeone en un clásico entre Racing y River jugado en Avellaneda. FOTO NA: DANIEL VIDES

La continuidad de Caíto en Avellaneda siguió bajo los proyectos de Fernando Quiroz y Reinaldo Merlo. “Teté se portó de 10 conmigo. Él siempre me quiso en todos los equipos en los que dirigió. Me llamó cuando se fue a dirigir a Independiente Rivadavia de Mendoza y cuando asumió en San Martín de San Juan. Me tuvo muy en cuenta, y en Racing fue el que más partidos me dio. Con Mostaza también jugué mucho”, reconoció el ex mediocampista.

Su capacidad física era tan valorada que Merlo lo improvisó como lateral izquierdo en una defensa que tenía que equilibrar la falta de velocidad con su presencia. Claudio Úbeda, Diego Crosa y Gustavo Cabral eran los intérpretes que garantizaban la vía aérea, pero demostraban las falencias que debía compensar Caíto. Lejos había quedado el chico que se lucía como enganche en la época de Barbas. De hecho, cuando Miguel Micó asumió en las juveniles de la Academia, el DT lo transformó en carrilero porque no aprobaba la disposición de enlaces sueltos en sus equipos.

Sin embargo, un día llegó el Chocho Llop al Cilindro y le dijo que no lo iba a tener en cuenta. Fue allí cuando Quiroz lo sumó a Independiente Rivadavia, donde vivió un episodio inolvidable…

Para su incursión por el Ascenso se instaló en el piso 14 de un edificio que contaba con 22 plantas. Una zona linda y confortable de Mendoza, aunque sus recuerdos no sean los mejores.

Durante el 2009 Chile se consternó por el terremoto que sufrió en la costa de Tarapacá. Un fenómeno que tuvo una magnitud de 6.5 en la escala de Richter y se sintió en la provincia de Cuyo. “Me acuerdo que jugamos un viernes de local, y cuando volví a casa no podía dormir porque habíamos perdido. Después de cenar me tomé una pastilla antes de acostarme y me quedé mirando tele mientras mi mujer iba a llevar al nene a su habitación”, relató el misionero sobre el último semblante de tranquilidad que percibió esa noche.

De repente, cuando estaba acostado comenzó a sentir que el techo se movía. Notaba que el edificio tambaleaba de un lado para el otro. Eran sensaciones nuevas en la altura porque siempre residió en casas bajas. “Debe ser la pastilla que tomé”, pensó al principio. Pero los temblores no cesaron. “¿Qué carajo está pasando?”, atinó a decir con el susto que le provocó aquella secuencia. “Escuchaba cómo crujían las maderas del parquet. Cuando me levanté, vi que el andador del nene se movía solo y cuando abrí las cortinas para ver qué sucedía, me sorprendió cómo salía el agua de la pileta con un oleaje increíble”, detalló.

“Cuando llamé a mi señora, ella estaba tan asustada que nos fuimos con la gente que estaba bajando por las escaleras a los gritos. Era como estar arriba de un barco. Yo salí en cuero y en chancletas, y terminamos envueltos en una frazada en la plaza del barrio. Nunca había sentido tanto miedo. Por eso, al año siguiente cuando renové el contrato, pedí un duplex porque no quería saber nada más con el tema del edificio”, completó.

Claudio Fileppi
Fileppi festeja un gol en Instituto y el joven Paulo Dybala lo corre para abrazarlo (Foto: Telam)

En 2011 el destino lo llevó a Instituto de Córdoba, donde tuvo la oportunidad de jugar con la estrella naciente llamada Paulo Dybala. “Era un pibe de 17 años que ya amenazaba con hacer la carrera que hizo”, deslizó.

A pesar de ser un adolescente, La Joya exponía en cada entrenamiento un nivel excepcional. “Me hacía acordar mucho a Maxi Moralez. Cuando recién nos subieron a entrenar con la Primera de Racing, el enano le pintaba la cara a los más grandes. Lo marcaban tipos como Crosa, Grabinsky o Cabral, y lo cagaban a patadas, pero el vago les pintaba la cara. Y siempre pedía la pelota. Los encaraba siempre. Y Paulo era así. Muy atrevido, zurdo y encarador… Tenía un poco más de altura que Maxi, y cuando lo bajabas de una patada, se levantaba enseguida. No se achicaba para nada”, analizó.

Durante esa temporada conoció el lado más humano de la estrella de la Juventus. “Era jodón como todos. Un chico que se llevaba bien con todos los compañeros gracias a su humildad. Es tan buena gente, que cuando se hizo muy conocido, nunca cambió su esencia”, explicó Fileppi, quien puede argumentar sus afirmaciones con el gesto que tuvo Dybala para su hijo.

“Yo había perdido el contacto con él y hace dos años lo llamé para ver si le podía mandar un saludo a mi nene para su cumpleaños. Era algo que le quería regalar, porque Bautista es fanático de él. Entonces, Pucho Barsottini me consiguió el teléfono y cuando le comenté a Paulo mi idea se entusiasmó de inmediato. Se acordaba de mí y nos quedamos hablando un rato como si no hubiera pasado el tiempo. Ni bien terminamos de hablar, me mandó el video para mi pibe. Ahí te das cuenta de la humildad que tiene, y mi hijo se emocionó tanto que fue una locura. Fue un gesto simple que tuvo un gran significado para mi familia”, aseguró Caíto. Las lágrimas del chico que en ese entonces cumplía 8 años, junto a las de su padre, así lo demostraron.

Hoy Bautista tiene 11 y se hizo fanático de Racing por el pasado de su padre en la Academia. En tiempos previos a la pandemia, tenía en sus planes viajar a Buenos Aires para conocer el Cilindro y sacarse fotos con Lisandro López. Ambos aguardan a que termine la cuarentena para poder concretar un nuevo sueño albiceleste. El chico no ve la hora de usar las camisetas que le guardó su papá cuando cumplió su propio sueño del pibe. Y, mientras tanto, Caíto Fileppi sigue esperando.

Dybala le cumple el sueño al hijo de Fileppi (Infobae)

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