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Aquellos que se creen mejores, más pierden con esta pandemia

Ambulancias estacionadas durante la pandemia de coronavirus en la ciudad de Nueva York (REUTERS/Andrew Kelly) (Andrew Kelly/)

El Premio Nobel en economía, Douglass North, nos recuerda que “la historia importa”, al menos si queremos aprender. Una mirada retrospectiva –aunque no sea siempre políticamente correcto decirlo– muestra que el capitalismo ha significado innumerables beneficios para la humanidad.

Es cierto. Pero simultáneamente revela que ha sido un campo fértil para el aumento de la soberbia y la vanidad, hijas ambas de la ignorancia. Como señala el escritor inglés Samuel Butler: “Los verdaderos caracteres de la ignorancia son la vanidad, el orgullo, la soberbia y la arrogancia”.

Hasta la llegada del capitalismo, la vida de la gente había sido una dolorosa mistura de miseria, ignorancia, hambre y muerte prematura. Sólo un grupo minúsculo quedaba, parcialmente, exceptuado. Pero, luego de haber transcurrido un buen tiempo desde la irrupción de la Revolución Industrial, con el mayor desarrollo subyacente, la sociedad global fue adquiriendo nuevos vicios, a partir de un consumismo exacerbado. Y sus consecuencias han quedado marcadas cruelmente en la salud del planeta y en los miembros del reino animal y vegetal.

Hasta la llegada del capitalismo, la vida de la gente había sido una dolorosa mistura de miseria, ignorancia, hambre y muerte prematura. Sólo un grupo minúsculo quedaba, parcialmente, exceptuado

Aquellos países más “exitosos”, en cuanto a poder económico y militar, fueron relegando el plano del bienestar general y de la salud del planeta. Desde un punto de vista filosófico, hoy el fracaso es palpable. ¿Por qué? Porque “se la creyeron”. Cuenta Tertuliano que cuando un general desfilaba victorioso por las calles de Roma, un siervo por detrás iba diciéndole: “Respice post te Hominem te esse memento” (“Mira atrás tuyo, recuerda que eres tan sólo un hombre").

La pandemia se parece a una guerra. Si los generales subestiman el poder del enemigo es porque la soberbia los enceguece. La historia de la guerra resulta esclarecedora. La Armada Invencible (1588) de España, cuando reinaba Felipe II, fue vencida por la flota inglesa, claramente menos poderosa. Imaginen el golpe recibido por el rey más importante del mundo occidental.

Pero volvamos a la actualidad. ¿No fue acaso el primer ministro británico, Boris Johnson, uno de los primeros en tropezar en el comienzo de esta guerra? Hoy el Reino Unido es uno de los países más golpeados del planeta.

Estos generales pueden creerse mejores a los restantes humanos. Francisco nos recuerda que “la desaparición de la humildad en un ser humano desaforadamente entusiasmado con la posibilidad de dominarlo todo, sin límite alguno, sólo puede terminar dañando a la sociedad y al medio ambiente".

La enfermedad no es una batalla, es una guerra permanente que demanda prevención continua. Y cambios de hábitos

La mirada a la historia enseña que la gente no está inmune a las enfermedades, por el extraordinario avance de la ciencia y a tecnología. Sin embargo, se han descuidado las básicas normas de prevención en salud humana y planetaria, para dar mayor presupuesto a otras áreas como la del armamento y la defensa militar.

La reacción frente a la pandemia de EEUU sólo se explica por el exceso de confianza en su propio poder.

La enfermedad no es una batalla, es una guerra permanente que demanda prevención continua. Y cambios de hábitos.

La traumática experiencia que sufrimos va a dejar una enseñanza que habrá de mejorar el comportamiento humano frente a sí mismo, a sus congéneres y a la naturaleza. ¿Ello será así?

Que los dioses nos iluminen para que recojamos la lección. En caso contrario, tanto sufrimiento en vano será.

El autor es economista y profesor de la Maestría de Agronegocios de la UCEMA.