Último momento

“Monzón, la verdad del caso que conmocionó al país”: adelanto del libro sobre el boxeador que se reeditará

* El texto corresponde a un fragmento del capítulo XIX titulado “Balcón” del libro “Monzón. La verdad del caso que conmocionó al país", de Marilé Staiolo

—¡Monzón tiró a su mujer por el balcón!

Al principio no capté todo el sentido de la frase; me hizo gracia la rima infantil en “on”. Monzón-balcón Monzón-balcón. Pero pronto me di cuenta de todo lo que eso significaba, y sólo atiné a preguntar:

—¿Qué mujer?

Todos los que participamos de aquel asado dejamos de hacer lo que estábamos haciendo; olvidamos chorizos y costillas, ensaladas y chimichurris. Las múltiples e innumerables conjeturas, alimentadas por los flashes radiales informativos continuos que llegaban desde Mar del Plata, saciaron el hambre. Yo no tenía mucho que decir.

—¿Qué te pasa, Marilé? Estás muy callada…

—No me asombra —respondí.

Y era verdad: no me asombraba. Aunque entonces no conocía todos los pormenores del caso, como ahora, no me asombraba. Y aunque me daba cuenta de la gravedad del hecho —Alicia Muñiz había muerto después de discutir con el ex campeón y este se encontraba hospitalizado—, en mi mente martilleaba esa obsesiva rima pueril: Monzón-balcón-Monzón-balcón. Como un juego siniestro, como un tintineo letal.

* * *

Estábamos de vacaciones y ya se sabe: un periodista que intenta descansar se “propone” o se “promete” a sí mismo y a su familia “desenchufarse” de la realidad con la que convive prácticamente todo el año. Pero olvidamos la adicción a un oficio apasionante. Y esa adicción es imposible de reprimir cuando se presentan casos que conmueven no sólo a un grupo, a un país, sino al mundo entero.

Los diarios dedicaban amplios espacios al asunto. La radio informaba constantemente. Aparecían fotos en las tapas de casi todas las revistas. Los noticieros de tevé no se daban reposo. Empezaron a llegar hasta mí los nombres de quienes jugarían papeles importantes en esta historia: no sólo los protagonistas y sus familiares, sino también sus allegados. Y abogados. Y fiscales. Y peritos. ¿Cómo evadirme? Sobre todo cuando en esos momentos, es decir al principio, pesaba en mi espíritu el problema de un hombre que se había hecho célebre a puñetazos frente a una débil mujer golpeada que terminara como víctima.

También era imposible sustraerme a lo que decían los diarios. Lógicamente: el nombre de Carlos Monzón no sólo brillaba en el ambiente boxístico, sino también en el fulgurante jet-set internacional. Eso explicaba el impacto que la noticia provocaba en el mundo.

Carlos Monzón era parte del jet set internacional
Carlos Monzón era parte del jet set internacional

En Francia, Le Monde titulaba: “El primer knock-out de Monzón”. Le Quotidien, por su parte: “Monzón: el último golpe que mata”. Por supuesto, en la Argentina el revuelo era enorme y el sensacionalismo arrasaba. Quizá el medio más discreto fue La Nación, que, sin adelantar opiniones, se limitaba a informar: “En un confuso hecho murió la ex mujer de Monzón, quien está herido y detenido”.

Por otra parte, y para aumentar la confusión en lugar de aclarar las cosas —lo cual es lógico, dadas las características de hecho y la aureola de los personajes protagónicos—, los móviles de radio y televisión informaban directamente desde la casa de la tragedia, en Mar del Plata. O desde el hospital donde estaba Monzón. O desde los tribunales. A medida que pasaban las horas, la confusión crecía. Se multiplicaban las versiones. La movilización del cuarto poder fue espectacular, ya que la mayoría de los medios tenían corresponsales cubriendo las alternativas de la temporada veraniega en la bien o mal llamada “Ciudad Feliz”. Una ciudad feliz que en ese momento era el escenario de un hecho sangriento. ¿Un crimen?

Por su parte y en el lugar, el fiscal Carlos Pelliza consignaba a los periodistas que era prematuro dar un testimonio claro de los acontecimientos. Tenía razón, pero una de las obligaciones del periodismo es informar y, tratándose de un personaje como el involucrado, el público estaba ansioso de noticias. Junto a las primeras informaciones aparecían reseñas sobre la vida de Monzón. En una nota titulada “A trompadas con el amor”, Clarín recordaba la tormentosa vida afectiva del púgil. Y en otra, “Un campeón incomparable”, reseñaba su excepcional carrera boxística. La Nación, por su parte, sintetizaba en un titular: “La tumultuosa vida de un hombre que conoció la pobreza y la fama.”

Yo me sentía envuelta en un fárrago de informaciones. Algunas serias, otras sensacionalistas. Pensé entonces cuán necesario era distinguir entre el periodismo responsable y el llamado “periodismo amarillo”. El primero puede esclarecer, el segundo puede —y quizá quiere— confundir. Creo que desde entonces, inconscientemente quizá, me propuse que, si tenía que investigar el caso, lo haría con la más absoluta objetividad, husmeando en todos los rincones no por curiosidad malsana sino por interés verdadero: el interés de hacer llegar a la mayoría hechos concretos, para darle la posibilidad de formarse una opinión sin prejuicios. Aunque entonces, lo reconozco ahora, probablemente, yo misma tenía un prejuicio. En contra de aquél a quien creía fuerte. A favor de aquella a quien creía débil.

Lo cierto es que ese verano negro, Monzón recuperó las primeras planas de todos los medios de difusión masiva, pero por un hecho que estaba en las antípodas de aquellos combates brillantes que despertaron la admiración del mundo.

Indefenso en la vida

Supe después la opinión de Amílcar Brusa. Como se ha dicho en este libro, Brusa fue sin duda el “gran maestro” de Monzón, porque no sólo lo preparó durante su campaña profesional, sino que también se preocupó por él —casi como un padre— desde que lo conoció en su primera juventud. Brusa se enteró de la mala noticia en Los Angeles, donde trabajaba desde hacía unos años. Cuando le pidieron una reflexión dijo: “Es una fiera acorralada. Siempre fue un guapo en el cuadrilátero, pero un chico indefenso en la vida. Muchos creían que por ser el campeón del mundo debía hablar sin equivocarse o pensar como un intelectual, sin que nadie se diera cuenta o quisiera darse cuenta de que sólo era un boxeador”.

Sí, pensaba yo entonces. Un boxeador, pero también un hombre. Un hombre demasiado violento, demasiado descontrolado. ¿Era acaso una justificación del homicidio? Indefenso en la vida… ¿Hasta qué punto? ¿Se está indefenso cuando se tiene fama y dinero?

El día 16 ya se conocían más detalles de lo sucedido. La Nación: “Carlos Monzón admitió ante el juez que había golpeado a Alicia Muñiz durante el altercado que terminó con la muerte de su mujer en la madrugada de anteayer”. Crónica: “El juez Jorge García Collins, después de indagar al ex boxeador, informó que éste se encuentra imputado de homicidio e incomunicado. Dijo el magistrado que Monzón admitió que en el altercado, había aplicado a su ex esposa ‘una cachetada en la boca y un apretón en el cuello’, pero que no podía recordar lo ocurrido a continuación. García Collins agregó que el declarante había admitido que la noche de los hechos ingirió bebidas alcohólicas, y que esto ‘puede justificar algunas lagunas en el relato’.”

A esa altura se conocían también las primeras declaraciones del abogado de Monzón, doctor Jorge De la Canale. Al concluir la indagatoria dijo que su asistido no había tenido intenciones de matar a su ex esposa. “Ambos —agregó el letrado— tuvieron un altercado menor, por cuestiones de dinero. Hubo un intercambio de golpes sin mayor violencia pero, como consecuencia de ello, la pareja se apoyó en el balcón y cayó al vacío.”

• EL RELATO DEL DOCTOR DE LA CANALE

—Fui a comer a la casa de mis padres, como todos los domingos, y se dio una charla informal de familia sobre el tema. Llamé al fiscal.

—Carlos —le pregunté—. ¿Qué pasó?

—Él no sabía mucho del suceso

—¿Qué, te fueron a ver a vos?

—No, es casi imposible…

Más tarde me fui a dormir la siesta. No me olvido más porque me estaba desvistiendo para meterme en la cama —eran las cuatro menos diez— y sonó el teléfono.

—Habla Rogelio (lo conocía por los Juegos Panamericanos).

—¿Qué pasa?

—Te llamo por el tema de Carlos.

—¿Carlos Monzón?

—Sí. ¿No te podés venir así charlamos?

—No tengo auto (en realidad fue una mentira piadosa porque tenía el auto de mi mujer, pero no lo manejo nunca).

—Vamos para tu casa.

Le di la dirección. Me cambié nuevamente y al ratito sonó el timbre. También ellos tenían pocos datos.

—Lo importante es ir ahora —dije.

—Bueno, pero… esperá —me cortó Roldán—. Van a venir los apoderados para arreglar los honorarios.

—Acá no hay honorarios. Para mí es una gran satisfacción atenderlo gratis. Yo miraba siempre sus peleas, y me quedaba hasta la madrugada para ver cómo llenaba de trompadas a sus contrincantes.

Salimos corriendo de casa para lo de Roldán. Lo encontré a Olmedo muy preocupado, y de allí nos fuimos en dos autos a la seccional.

—¿Cuándo lo van a indagar?

—No sabemos.

Ya en el hospital me entero de que la indagatoria sería a las seis de la tarde. Le hice saber al juez que su apoderado le había puesto un abogado. Le insistí a Carlos para que no declarara, pero él quería hablar igual. Había tres policías en la pieza y tres en el pasillo del hospital, de custodia. Nunca pasó por mi cabeza violar la incomunicación, por constituir una falta y por un problema de ética para con el fiscal. Pero… si Carlos hubiese estado asesorado nunca hubiese declarado, ni hecho la reconstrucción con el yeso.

—Ya te van a levantar la incomunicación y charlaremos tranquilo. ¡No declares!

Recién al otro día, cuando le levantan la incomunicación, fui y cruzamos algunas palabras. Había una rueda de gente en el patio del destacamento: estaban Netri, Olmedo, Steimberg. Lo vi bajoneado.

Al otro día quise hablar a solas. Estaban los chicos y les pedí que salieran. Lo traté mal. Le dije palabras inconvenientes. Tenía necesidad de saber realmente lo que había pasado, porque así no podía trabajar. Prácticamente se largó a llorar. Me juró por los hijos que, cuando decía que no se acordaba, no se acordaba realmente…

Más adelante fuimos atando cabos nosotros, en función de los hechos concretos que hay en la causa. Todo el tema de las huellas nos hace suponer que Alicia traspuso la baranda, Carlos también. Porque están las huellas de ella, la maceta volcada, los hematomas atrás. Creo que en el fondo (Monzón) no tuvo conciencia plena de esta última etapa…

“Secreto de Sumario”

Muchas veces, como hemos visto a lo largo de esta historia, después de una borrachera Monzón no recordaba lo sucedido anteriormente. Es algo común en los alcohólicos. Pero en esos momentos la conmoción despertada por el hecho era tan grande, que pocos tendrían en cuenta ese no tan pequeño detalle.

Mientras tanto, ya estaban en marcha los mecanismo de la querella y de la defensa. El abogado patrocinante de la familia Muñiz también hacía revelaciones. El letrado, doctor Rodolfo Vega Lecich, decía a los periodistas que si bien era un hecho inesperado, también era previsible, ya que Monzón había efectuado en numerosas oportunidades amenazas de muerte a la víctima “en forma verbal, telefónica y pública”. Aseguraba también que había cintas grabadas de estos hechos. Confirmó que la víctima había iniciado, en el segundo trimestre del año último, una demanda por régimen de visitas, ya que Monzón “so pretexto de visitar al hijo de ambos, caía a cualquier hora y llegaba casi siempre ebrio”. En noviembre de 1987 habían radicado una demanda por “amenazas, golpes y violación de domicilio”.

Todo esto exacerbaba a la opinión pública. La caprichosa masa que antes había adorado a Monzón, no vacilaba en derrumbar y pisotear al ídolo. En verdad, no eran muchos los que lo defendían. Esto se mezclaba con la intensa actividad policial y judicial. Como una anécdota sórdida, siniestra y que refleja esa morbosa “sed de escándalo” de las multitudes, el diario Clarín hacía notar que en Mar del Plata había una nueva atracción turística: la casa de la calle Pedro Zanni, en el recoleto barrio de La Florida, donde había tenido lugar el drama. “Poco falta para que la calle se transforme en una romería. Familias enteras espían a través de las cercas y de los alambrados. También se ocupaban de la historia del chalet, como si se tratara de una residencia histórica o un castillo escocés con fantasma: “Fue construido en 1972 por el matrimonio Ely Susana Inda y Adolfo Luis Bertelli (…) En 1980 fue alquilada por Camila Perissé, quien entonces vivía con el joven Alejandro Borenstein.” Según la nota, firmada por Emilio Petcoff, también residieron allí notorias figuras de la farándula como Carlos Calvo, Raúl Taibo y Facha Martel. Este último la había alquilado hacía dos años, y volvió a tomarla en esa temporada.

Yo me veía ante un hecho en el que se mezclaban ingredientes espeluznantes, sangrientos y sobre todo confusos. Todos tenían algo que decir, algo que opinar, y hasta que afirmar antes de que se aclararan las circunstancias. ¿Qué había pasado en realidad?

Según Página 12, en un recuadro titulado “La última noche de la víctima” (excelente título para un thriller), las cosas sucedieron así: “El periplo nocturno de Carlos Monzón comenzó cerca de la medianoche, cuando ambos ingresaron al Hotel Provincial para celebrar, junto con otros amigos, el cumpleaños del locutor Sergio Velasco Ferrero. Tras los brindis con champagne, se retiraron de la fiesta alrededor de las tres de la mañana, para llegar quince minutos después a la parrilla del Club Peñarol, junto a Adrián ‘Facha’ Martel.”

Ignoramos lo que habló el trío. Sin duda estuvieron allí largo rato. Es posible imaginar tanto una conversación diluida entre vapores etílicos, como un intercambio de chismes y chistes. O quizás algunas agresiones verbales. ¿O no? De todos modos: ¿qué hacía Alicia —separada de Monzón— en Mar del Plata y compartiendo con él la vivienda alquilada por Martel? ¿El ex campeón la había mandado llamar, o era ella quien acudía por su propia voluntad? Y en este último caso: ¿para qué?

La pareja regresó al chalet de la calle Zanni en taxi. A poco de entrar se oyeron voces pidiendo auxilio: —¡Socorro, Alicia se está muriendo! ¡Llamen a un médico! —era la voz angustiada de Monzón.

No pasó mucho tiempo antes de que empezaran a sonar las sirenas de los patrulleros y de la ambulancia. Al parecer, un cuerpo femenino —el de Alicia— yacía inmóvil al costado de la pileta. Ese cuerpo estaba semidesnudo —apenas llevaba una trusa blanca— y por su posición era evidente que ya nunca más volvería a moverse.

El miércoles 17 de ese fatídico febrero, en casi todos los medios gráficos de la Argentina aparecía, con abundante material, la reconstrucción del hecho, la autopsia (o mejor dicho necropsia) realizada sobre el cuerpo de Alicia Muñiz, su sepelio y también contundentes declaraciones de su madre. Aunque el suceso había abandonado las primeras planas, otras páginas se ocupaban abundantemente de él.

La Nación publicaba una foto donde se veía al juez García Collins, a Monzón con su brazo izquierdo enyesado y vendaje en sus costillas, y al secretario de juzgado actuante Oscar de Niro. Todos ubicados en el balcón de la casa en el momento de la reconstrucción. En cuanto a la investigación judicial, justamente los detalles de dicha reconstrucción eran lo más relevante. “La tarea —seguía informando La Nación—, demandó varias horas. Se inició a las 16.37 cuando el juez llegó a la residencia hasta donde Monzón había sido trasladado unas horas antes en un automóvil policial, y terminó cuando ya comenzaba la noche (…). Mientras se realizaba el proceso de reconstrucción, una multitud llenó el lugar y, en las pocas ocasiones en que se pudo ver por instantes a Monzón, algunos le gritaron ‘¡asesino!’ al tiempo que otros se unían en el canto ‘¡dale campeón, dale campeón!’”

Terminada la diligencia procesal, el juez García Collins informaba a la prensa en el edificio de los Tribunales, diciendo que al término de la reconstrucción el acusado fue indagado nuevamente en la casa donde falleciera Alicia Muñiz. Finalizada la instancia, se dispuso el traslado de Monzón al hospital interzonal en carácter de “incomunicado”. El magistrado añadió que el boxeador, en la ampliación, recordó que “después de que Alicia Muñiz lo hubiera atacado con sus manos (esto era lo último que había recordado en la indagatoria anterior), la mujer salió corriendo hacia el balcón y se arrojó al vacío. Ante esta actitud, se tiró tras ella para contenerla”.

Todo el proceso de la reconstrucción fue filmado y fotocopiado, y los pasajes principales fueron representados por agentes policiales que remplazaron a Monzón y a la víctima.

También se informaba sobre las causas atribuidas a la muerte de Alicia, tema que provocó una serie de contradicciones entre los informes médicos y dio lugar a un largo debate científico, que llegó hasta el juicio oral y público.

Según constaba en un informe entregado al doctor Vega Lecich, la muerte de ella se habría reducido por un “paro cardíaco respiratorio” lo que motivó que el letrado hablara de una falencia en la autopsia y solicitara una nueva. Vega Lecich sostuvo: “Este informe se contrapone con los resultados dados por los peritos de medicina legal, según los cuales, la muerte de Alicia Muñiz se debió a fractura del temporal izquierdo, con pérdida de materia ósea y fractura de base de cráneo con pérdida de materia encefálica.”

El certificado de defunción no fue firmado por médico alguno.

Volviendo al tema de la autopsia, Vega Lecich dijo que “llama la atención que si el propio Monzón admitió haberla golpeado, esos golpes no hayan sido precisados claramente en la primera autopsia. Es notorio que esa autopsia no fue completa.”

Conjeturas, afirmaciones. ¿Pruebas?

En mi cabeza seguía martilleando, como un estribillo fúnebre, la rima “Monzón-balcón-Monzón-balcón”. Pero a medida que avanzaba el tiempo y yo empezaba a interiorizarme e investigar, esa cantilena se asordinaba a veces para dar lugar a las conjeturas, afirmaciones y presuntas pruebas que asomaban en todas partes.

El abogado de Carlos Monzón, doctor De la Canale, hacía referencia al grado de alcohol de su patrocinado diciendo que “había bebido mucho antes de que se produjera la tragedia”, durante la jornada que había comenzado el sábado a mediodía con un asado, hasta terminar en la mañana del domingo. Si bien el doctor De la Canale dijo que no conocía el resultado del dosaje alcohólico que se hizo, trascendía que el ex campeón presentaba un 1,5% de alcohol en su sangre, y que para ser considerado inimputable del hecho tenía que tener 2,5 o más.

Esta cuestión tuvo sus bemoles. Que Monzón estuviera totalmente ebrio no era novedad para nadie. ¿Pero realmente cuánto de alcohol había en su organismo? El análisis fue realizado —según trascendió en el hospital—, alrededor de las diez de la mañana, o sea cuatro horas largas después del hecho. Sumado al tiempo transcurrido, hay que recordar que las primeras curaciones incluyeron el suministro de suero, lo que hace presumir que puede haber disminuido el nivel de alcohol.

Claro que después, como se ha ido relatando anteriormente, confirmaríamos la tendencia a la bebida, que se repetía en la vida del ex campeón. En los últimos tiempos se levantaba a mediodía y desayunaba con Gancia —dicen los entendidos que este aperitivo es un importante depresor cerebral— y continuaba bebiendo el resto del día. ¿Autoaborrecimiento? ¿Autodestrucción?

En la Ciudad Feliz, cuyo nombre es casi un eufemismo (¡Mar del Plata!), continuaban las tareas de la justicia. Mientras tanto en Buenos Aires (otro eufemismo) soplaban malos aires: Alicia era sepultada en La Chacarita. Sobre el féretro se podía observar un pequeño arreglo floral con la inscripción: “Tus amigas te llevamos en nuestro corazón por tus enseñanzas. Vanesa, Gloria, Nelda, Nélida, Mariana y Solange.”

Pero la luctuosa y sórdida información no se agotaba con un entierro. En ese momento pensé que se entierran los cadáveres, pero no los sentimientos que un ser humano deja tras de sí. Las revelaciones de Alba Calatayud de Muñiz, madre de la víctima, impactaban a la opinión pública. Poco después del entierro afirmaba: “Preveía este desenlace. Hace seis meses que yo dormía en la casa de Alicia por el pánico, el temor que tenía por las apariciones de Carlos. Lo amaba pero la destruyó. El dolor es muy grande, pero no tengo miedo de desenmascarar a un ídolo que es un lobo.”

Crónica, en su sexta edición, titulaba en primera página: “Afirmó el fiscal que la posición de Monzón es muy comprometida.” Por primera vez se conocían declaraciones de dicho fiscal en la causa, el doctor Carlos Pelliza: “La situación se ha vuelto más comprometida.” Esto sucedía luego de la reconstrucción del hecho. El funcionario se mostraba muy descreído acerca de la próxima libertad del imputado.

Mientras tanto, éste dejaba el hospital y, en medio de un impresionante operativo policial y de una gran cantidad de público, era trasladado a la Comisaría Sexta, esposado y fuertemente custodiado.

Mucha gente se preguntaba a qué correspondía el enorme dispositivo de seguridad que mostraban las imágenes de televisión. Se conocían las medidas tomadas para acondicionar la celda donde fue alojado. Se tuvieron en cuenta las condiciones emotivas. En ese sentido, hay que recordar que, durante la madrugada anterior en el hospital, había sufrido una fuerte crisis nerviosa que obligó a esposarlo en la cama. “Victorioso en el ring, no fue capaz de evitar la derrota en la vida”, es una de las frases con las cuales el conocido periodista italiano Gianni Mina trazaba un perfil de Monzón. Esta frase sentenciosa y moralista se parece a otras muchas por el estilo. Obvias y fáciles de pronunciar cuando los hechos por sí mismos las confirman. Pero también, quizá, demasiado simplistas. Por mi parte, a medida que se sumaban informaciones, crecía por un lado mi perplejidad y por el otro, el sentimiento de que en este caso la historia de “La Bella y la Bestia” no había tenido el final feliz de un cuento de hadas… ¿Pero era tan simple como eso?

* El libro se conseguirá en exclusiva en Leamos y Bajalibros