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El problema no es el dólar, ¡es el peso!

En la Argentina se utilizan pesos para las transacciones, pero se opta por el dólar como reserva de valor. (Adrián Escandar)

En una reciente conferencia de prensa, el ministro de Economía Martín Guzmán dijo: “Hay que desalentar el ahorro en dólares”. Esta expresión plantea el problema desde el lado equivocado.

Con el respeto que merece su alta investidura, entiendo que el programa económico hace lo contrario y más bien alienta la tenencia de dólares.

Como todo programa, éste se encuadra en lo que se conoce como economía normativa. A diferencia de la economía positiva, que describe los fenómenos económicos, los elementos que afectan a la economía y trata de predecir las consecuencias, la normativa busca definir criterios que guíen las decisiones económicas. Así, responde a las pregunta de “qué debe ser”; y “qué debe hacerse”. En síntesis, la positiva se refiere a “lo que es” y la normativa a “lo que debe ser”, según determinados preceptos éticos y normas de justicia que deben sujetarse a consensos a través de los organismo pertinentes.

Cualquier programa económico, para ser fructífero, en primer lugar, tiene que explicar sus objetivos y, luego, establecer los instrumentos para alcanzarlos. Y ellos deben ser consistentes y, de ser así, podrán generar confianza. Aun pecando de reduccionismo, podría decirse que todo programa sólo llegará a donde quiere si genera suficiente confianza sobre la gente.

La confianza se gana con instrumentos válidos y con estímulos basados en la libertad. Si se aplican medios coercitivos y castigos para lograr lo que se pretende, la confianza tiende a desaparecer y, en consecuencia, los resultados, con el paso del tiempo, se vuelven contra la gente.

La tendencia a ahorrar en dólares disminuirá cuando se compruebe que hay estabilización económica

Entonces, no se trata de desalentar el ahorro en dólares. Se trata de alentar el ahorro en pesos. El nudo de la cuestión está en la demanda de dinero.

En nuestro país hay dos tipos de demanda de dinero. Por una parte, está la demanda de pesos y por otra, la demanda de dólares. Desde hace décadas, la primera tiende a la baja y la segunda, a la suba.

¿Por qué la primera es cada día menor? Nadie quiere tener pesos en su haber, frente a su continua depreciación. En el último año y medio, su demanda cayó abruptamente, entre 5% y 6% del PBI. Los pesos pierden valor por la desconfianza que existe desde el mercado hacia éstos y por el exceso de oferta monetaria no demandada.

La inflación es la cara de la depreciación. Es el resultado de la monetización del déficit fiscal, de los redescuentos, de la compra de divisas para las reservas y del sistema bancario.

El cruel fenómeno inflacionario, que explica en gran parte la pobreza creciente en nuestro país, proviene de una mayor creación de pesos y de una caída en su demanda o de la combinación de ambos fenómenos. Cuando se reduce la demanda de pesos, la velocidad con la que circulan es mayor. Cuanto más se acelera la rotación, mayor es el deseo dela gente de reservar valor mediante la tenencia de dólares.

Cualquier programa económico logra objetivos solo si genera confianza en contribuyentes e inversores

Aunque resulte reiterativo, la afirmación que sigue resulta elemental para comprender el problema y actuar en consecuencia: la suba del valor del dólar es, en rigor de verdad, la caída del peso. No sube el dólar, baja el peso. Por tanto, no es cuestión de castigar la tenencia o el deseo de compra de dólares. Lo que importa, realmente, es que la gente quiera tener pesos para ahorrar, para hacer transacciones y para usarlos como unidad de cuenta.

La tendencia a ahorrar en dólares bajará cuando se compruebe que hay estabilización económica y no a resultas de un programa que, para alcanzar tal meta, circunscriba las libertades individuales. Un ejemplo de lo que no hay que hacer se expresa en el nuevo tributo del 30% a las operaciones con moneda extranjera.

Los ojos engañan. El sol no gira alrededor nuestro. Somos nosotros los que lo hacemos en torno a éste. Esperemos que no suceda lo de Galileo Galilei y que la dirigencia entienda pronto los principios básicos del valor de la moneda.

(*) Manuel Alvarado Ledesma es Economista