Último momento

Las últimas palabras: qué dijeron antes de morir personajes célebres de la Historia

Francisco “Pancho” Villa

Le quedaban pocos segundos de vida y él lo sabía. Había sido víctima de un atentado. Un disparo certero lo había alcanzado. Pancho Villa advirtió que su situación era irreversible. Lo rodeaban varios hombres. Entre estertores, con un último vestigio de energía, tomó de las solapas a uno de ellos y lo acercó con brusquedad hacia él. "No me deje morir así", clamó.

Sus seguidores y asistentes, compungidos, asistían en silencio a la agonía del líder, al tiempo que se preguntaban sobre el motivo por el cual Villa había escogido al individuo menos cercano en los afectos para transmitirle sus últimas palabras.

Luego de un instante de hondo silencio, Pancho Villa, sin soltar al periodista que tenía entre sus manos, completó la frase y dijo sus últimas palabras: "Escriba que dije algo profundo".

Pancho Villa lo sabía. Los actos finales de una persona tienen buena prensa. Póstuma, es cierto, pero buena prensa al fin.

Esos últimos momentos (los actos finales, las últimas palabras y hasta los epitafios) han preocupado siempre a los hombres célebres. Están en los márgenes de constituir un género por sí mismos; un género al que podría llamarse el de Las Últimas Palabras o Los Últimos Instantes. Se suelen repetir sin esfuerzo, de memoria. En ocasiones, la situación es paradójica y se comienza a describir a alguien por lo último que hizo o dijo.

El problema primordial radica en que estas frases, por lo general, dicen poco del personaje en cuestión. Peor aun, en muchas ocasiones ni siquiera fueron dichas por aquellos a los que la historia se las endilga. Cuesta creer en un Manuel Belgrano agonizante diciendo "Ay, Patria mía".

Sus familiares rodeaban la cama. Desde hacía varios días, Buster Keaton no pronunciaba palabra alguna. Sólo se escuchaba su pesada respiración. De pronto, también cesó ese sonido. El silencio dominó la escena hasta que, con timidez, un sobrino lo quebró y se animó a decir lo que los demás pensaban, "Se murió".

Otro de los familiares del célebre cómico propuso una comprobación científica: "Hay que tocarle los pies. Todas las personas mueren con los pies fríos". En el momento en que alguien se inclinaba sobre la cama para poner en práctica el dudoso método, se escuchó: "Juana de Arco, no". Fue lo último que dijo Buster Keaton antes de morir.

Buster Keaton
Buster Keaton

La costumbre de pronunciar las últimas palabras (y que alguien las deje consignadas) comenzó en Grecia. En la Edad Media se profundizó. En esa época era una de las condiciones del buen morir. Emitir un mensaje final. Contundente, conciliador, que asegurara el paso a la otra vida. No fuera cosa de cometer un desliz a último momento.

Las últimas palabras de los hombres célebres constituyen un género que goza de simpatía. Sin embargo, la mayoría de las frases atribuidas a esta gente son de dudosa veracidad. Y las veraces son aniquiladas por su propia solemnidad. El de las últimas palabras es un género que navega entre la historia, el testimonio y la leyenda. Son epitafios levemente prematuros.

DESPEDIDAS CON CURAS Y MONJAS

El Malevo Muñoz (Carlos de la Púa) agonizaba en un hospital porteño rodeado de amigos. De repente, se abrió la puerta de la habitación e ingresó un cura con un rosario y una Biblia en la mano. Avisado por los médicos de la desesperante situación del autor de La Crencha Engrasada, el religioso se disponía a impartirle la extremaunción. Un amigo, conocedor de la ausencia de convicciones religiosas del Malevo, se interpuso en el camino del cura y con amabilidad pero con firmeza, lo invitó a retirarse. El Malevo Muñoz levantó con dificultad la cabeza de su almohada. "Venga, Padre. Acérquese, por favor", dijo. Muñoz se apresuró a aclararle a sus amigos, mientras, cómplice, les guiñaba un ojo: "Me voy a tirar un lance, muchachos".

Voltaire fue otro personaje previsor; una piadosa enfermera le preguntó si quería renegar de Satanás. Luego de reflexionar un instante, Voltaire respondió: "Creo que no es el momento de procurarme nuevos enemigos".

Voltaire
Voltaire

James Thurber, el gran humorista norteamericano del siglo XX,agonizaba y sus familiares decidieron que debía ver a un sacerdote. El cura, al entrar en su habitación, acomodó algunos elementos de la liturgia sobre la mesa de luz, abrió la Biblia y comenzó el sacramento con una pregunta al moribundo: "¿Está listo para morir?". Thurber interrumpió los quejidos que pretendían ser una respiración acompasada, y con un hilo de voz y una mueca de resignación contestó: "Por supuesto, ahora no es tan fácil como antes seducir a las chicas".

Similar fue lo de Lucio V. Mansilla que ante un confesor que pretendía hurgar en el pasado del escritor, resumió sus días: "Padre, en mi vida yo maté a algunos hombres y amé a numerosas mujeres. Es todo".

Otro que desdeñó la asistencia religiosa fue Maquiavelo. Pero no pudo dejar ir al sacerdote de su habitación sin darle los motivos: "Yo quiero ir al infierno, no al cielo donde solo podré encontrar mendigos, monjes y apóstoles. En el infierno estaré rodeado de papas, príncipes y reyes".

En una línea similar se adscribió Mark Twain: "El paraíso lo prefiero por el clima, el infierno por la compañía".

El ácido escritor irlandés Brendan Behan le dijo a la monja que lo cuidaba: «Dios la bendiga, hermana. Ojalá todos sus hijos sean obispos», y murió.

Algunos sacerdotes no aceptan con facilidad el rechazo. Heinrich Heine, agobiado por la pertinaz insistencia de quien quería confesarlo por última vez (recordándole los pecados que el poeta había cometido en su licenciosa existencia), lo echó de la habitación con estas palabras: "No se preocupe, padre. Dios me perdonará. Es su profesión".

Joan Crawford era una mujer complicada. En su muerte fue consecuente con su conducta de toda la vida. Estaba muy grave. No valía la pena llevarla al hospital, había dicho el médico. En el cuarto principal de su mansión esperaba la muerte. Su mayordomo, desesperado, comenzó a rezar en voz alta. Ella le gritó por última vez: "¡Vaya! No te atrevas a pedirle a Dios ayuda por mí!".

Siguiendo con las actrices de carácter difícil, Marlene Dietrich rechazó la ayuda espiritual que un sacerdote le ofreció y lo echó destempladamente de la habitación diciendo: "¿De qué voy a hablar yo con usted? Tengo una cita inminente con su jefe".

Nicolás Maquiavelo
Nicolás Maquiavelo

LOS MÉDICOS

Los médicos son receptores habituales de estas sentencias finales. Es lógico. Son quienes están al lado del enfermo, del futuro occiso. Por su profesión (algunos por ejercerla mal).

El médico lo consolaba con buenas noticias, entonces el gran poeta inglés Alexander Pope sacó a relucir todo su sarcasmo en el momento de la despedida: "Está bien, entonces muero curado".

Algo parecido dijo la novelista Nancy Mitford: "Usted puede decir que anhelo la muerte. Desde luego. Pero anhelo mucho más estar curada".

Lady Astor, la primera parlamentaria británica y rival política de Churchill, despertó luego de largos días de inconsciencia. Al abrir los ojos, vio que un profesional sentado a la vera de su cama le tomaba el pulso con rostro preocupado. Por sobre el hombro del médico, vio que toda su familia estaba en la habitación. Lady Astor preguntó: "Doctor, ¿me estoy muriendo o es mi cumpleaños?".

Conrad Hilton, el fundador de la cadena hotelera, confundió por sus delantales blancos a los médicos y enfermeras que lo asistían con mucamas de sus hoteles. Les dio una última orden: "La cortina de la ducha hay que ponerla del lado de adentro de la bañadera".

Conrad Hilton (Wikipedia)
Conrad Hilton (Wikipedia)

Es frecuente que los pacientes desobedezcan a los médicos o que le lleven la contra.El político británico Lord Palmerston llevó eso al paroxismo: "¿Morir, Doctor? ¡Es lo último que haré!".

El general Ethan Allen había sido herido en una de las batallas por la independencia norteamericana. El doctor del ejército, luego de realizarle las primeras curaciones, tomó conciencia que todo esfuerzo sería infructuoso. La suerte estaba echada. Intentó confortar al paciente y le dijo: "General, me temo que los ángeles del cielo lo están esperando". Ethan Allen pegó un último grito: "¿Esperando? ¿A mí me esperan? ¡Déjelos que esperan, doctor! Tenemos tiempo…".

EXCESOS

El escritor italiano Italo Svevo sufrió un accidente automovilístico y quedó postrado, no sólo a causa de los magullones producidos por el auto que lo embistió, sino por el abuso de cigarrillo durante toda su vida. Los médicos diagnosticaron que el final era inminente, la nicotina había obstruido y anquilosado cada una de sus arterias. El auto sólo había apresurado lo inevitable. A pesar de haber intentado toda la vida dejar de fumar y abandonar la literatura (prometió ambas cosas en innumerables cartas a su esposa), en su lecho de muerte la literatura y el cigarrillo permanecieron con él: insoslayables, ineludibles, coherentes.

Svevo persistió en sus vicios como lo que para él eran. La hija, entre lágrimas, compadecía el destino de su padre. Svevo, con presencia de ánimo, intentó tranquilizarla: "Morir es más fácil que escribir una novela", y dirigiéndose a su yerno agregó: "¿Me darías un cigarrillo?". Antes que la hija explotara de indignación, antes que el yerno pudiera negárselo, Italo Svevo se apresuró a aclara en un murmullo casi inaudible, "…sería el último".

Humberto Saba comentando el estado de ánimo de Svevo en su lecho de muerte escribió: "Siempre he pensado que el humor es la forma suprema de la bondad".

De los adioses etílicos, los más célebres, sin duda, son los de Dylan Thomas y Humphrey Bogart. El actor, mientras Lauren Bacall acariciaba sus manos con ternura, la miró a los ojos y torciendo levemente los labios, reflexionó: "Nunca debí cambiarme del scotch a los martinis". El poeta galés, por su parte, pronunció sus más recordadas palabras antes de morir: "Tomé 18 whiskies seguidos. Creo que es todo un record".

Humphrey Bogart
Humphrey Bogart

PALABRAS DE PRÓCERES

Existe una manía idiota y persistente de hacer hablar a los próceres y si es en su lecho de muerte, mejor. De los actos postreros autóctonos, el que goza de mayor prestigio y difusión es, sin dudas, el del Sargento Cabral. Pocos datos pueden repetir los alumnos primarios sobre nuestra historia como las palabras finales de Cabral: "Muero contento, hemos batido al enemigo".

Se hace arduo imaginar que en el fragor de la batalla, en las circunstancias penosas en que se encontraba el afamado sargento, herido de muerte y con un dolor insoportable invadiéndolo, haya podido hilvanar tan galante frase.

Recientes trabajos historiográficos sostienen que sus últimas palabras no son las que nos enseñaron en las aulas. El Sargento Cabral se habría ido del mundo hablando en guaraní y profiriendo una sentencia más gráfica y contundente que la conocida por nosotros. La versión Mitre-Billiken empalidece ante esta nueva posibilidad que, además, cuenta a su favor con otra gran virtud que da anclaje a este tipo de relatos: la verosimilitud. El Sargento Cabral habría dicho: "Muero contento, cagamos a estos mierdas".

Para el final, unas palabras finales muy sinceras. El escritor William Faulkner acompañaba a su madre en su agonía. Su estado era irreversible y la mujer lo sabía. El escritor para confortarla comenzó a describirle las cosas y elementos maravillosos que ella iba a encontrar en el Paraíso. Todo iba bien hasta que Faulkner nombró a su padre. La anciana lo interrumpió y preguntó enojada: "¿Cómo? ¿En ese cielo voy a tener que encontrarme con tu padre?". "Si no querés, no", contestó el escritor. La madre pudo decir algo más antes de expirar: "Qué bueno, porque ese hombre no me agradaba demasiado".