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La madre de Pity Álvarez, a tres meses del crimen: “En la cárcel sufre acoso y hostigamiento”

Cristina Congiú, madre de Cristian “Pity” Álvarez (Fotos: Nicolás Stulberg)

En la foto, el niño de ojos chispeantes tiene 8 años. Saca la lengua y toca una guitarra de madera que construyó con sus manos. La pintó de blanco y negro y en el centro escribió Kiss -su banda favorita- en letras rojas. Ese chico es Cristian "Pity" Álvarez y la foto ahora está en manos de su madre Cristina Congiú.

"No teníamos dinero para comprarle una guitarra pero él se la rebuscó para tener una. Daba recitales a sus amigos. Ese fue el comienzo de su amor por la música", dice Cristina.

Está sentada en la sala del estudio de su abogado Claudio Calabressi. Sobre la mesa despliega 15 fotos de "Pity". "Son mi tesoro", afirma mientras las toca como si acariciara a su hijo. En las imágenes se ve a Cristian de monaguillo, bajando de un tobogán, acariciando a un perro, con su madre, de bebé a upa de su hermana, en Tilcara, tocando la guitarra, con amigos o en cumpleaños infantiles.

El 12 de julio, "Pity" (46 años) -mítico líder de las bandas Viejas Locas e Intoxicados-, mató de cuatro balazos a Cristian Díaz, un vecino del barrio Cardenal Samore, en Villa Lugano. Está detenido en una celda del Programa Prisma, en el Complejo Penitenciario Federal Número 1 de Ezeiza.

Cristina va a verlo tres veces por semana. Vive para él. Durante años luchó para alejarlo de las drogas y ahora no quiere que su hijo se derrumbe en una celda oscura. Toda su vida trabajó: primero como administrativa del Ministerio de Justicia, luego en el Sanatorio Güemes -hasta que quebró- y se jubiló en la Fundación Favaloro. Ahora ocupa su tiempo en "Pity".

-¿Cómo está su hijo?

-No lo veo bien. No falté nunca a las visitas, que duran dos horas. Soy su referente familiar más fuerte y él me pidió que esté, que no lo abandone, me dijo que me necesita. Hay días en que se me llegó a dormir en el hombro, sobre todo cuando la visita es de mañana. Se queda dormido o habla poco. Anda con altibajos. Cuando vive situaciones estresantes, se duerme o se hace el que duerme, se abstrae. Quizá sea un mecanismo de defensa. Me preocupa porque está muy aislado y eso es perjudicial para su salud.

-¿Toda esta situación, más allá de la gravedad de lo que ocurrió, hizo que de algún modo se reencontrara con su hijo?

-Lamentablemente lo que pasó hizo que estuviera cerca suyo. En otra situaciones hemos estado bastante separados por diferentes razones. Cuando él estaba mal no se dejaba ver, iba a su casa pero no me abría. No tendría ganas de atenderme, para no escuchar mis palabras o consejos de madre.

-Pero ahora usted se convirtió en su cable a tierra…

-Sí. En cierto modo nunca dejó de ser como un niño que necesita protección. Vive como una regresión. Por decirlo de alguna manera, el contacto conmigo es un refugio. A veces cuando hablamos por teléfono, le pido: "Contame cómo fue tu día" y él siempre me responde: "Mejor no me hagas recordar, no quiero hablar". La última vez le dije: "Cristian, esto no me deja tranquila". Y él cerró la charla diciendo: "Qué querés que te diga, las cosas son así". Tengo que buscarle vericuetos para sacarle una conversación. Está mal. No sale de su celda. El cambio de pabellón lo afectó mucho.

-¿Por qué lo trasladaron?

-El Prisma es un edificio con planta baja y primer piso. Él estaba en el primero. De un día para el otro, el nuevo Coordinador del programa, Pablo Vitalich, comentó que por iniciativa de ellos iban a remover a algunos internos a la planta baja y otros iban a subir. Preguntamos por qué y nos dijeron que era un programa nuevo de resocialización para que los internos de buena conducta resociabilicen a aquellos de mala conducta. Que no era la única vez que iba a suceder, que iban a pasar otras cosas internamente. Dijo que estaba planteado así. Lo hablamos con los otros padres de reclusos que también tienen buena conducta como Cristian. Particularmente no pido ningún privilegio, pero sí el hecho de que ese tipo de medidas sea en forma gradual o con gente que él ya está conectada.

-¿Tan diferentes son los dos pabellones del sector donde está detenido?

-Si. Ediliciamente, la planta baja no tiene nada que ver con el primer piso. Arriba por lo menos tienen luz, tienen las cosas un poco más en orden, abajo cambia hasta la limpieza, si querés leer de noche no podés porque no hay ni una lamparita. Es un lugar más sórdido que el otro. Él estaba conectado con sus tres compañeros, entre ellos un chico que toca la guitarra con él. Han ido a parar a un lugar que ya tiene "dueño". Y hay que pagar de alguna forma para ganarse la convivencia. Hay gente que no recibe visitas.

-Esta preocupada…

-Estoy muy preocupada, no veo nada bien a mi hijo, pero Cristian me dice: "No te preocupes que yo voy a estar bien". Me saca de la situación y de la conversación. Le pone fin para no preocuparme. Sólo intenta subsistir, no molesta a nadie. Pero, sin embargo, sé que padece allí -junto con los otros internos que pasaron con él-, situaciones de permanente acoso y hostigamiento. Es como si se repitiese lo que le pasaba en el barrio con esta "bandita" que lo acosaba. No le respetan la intimidad. El es muy respetuoso en ese sentido.

Su abogado, Claudio Calabressi, amplía:

-Desde que se produjo este traslado, Cristian está encerrado en sí mismo. El cambio lo tiene muy mal, es un lugar muy hostil en el que los otros detenidos le cobran peaje cada vez que se mueve. Le piden cigarillos o tarjeta de teléfono. Lamentablemente es un lugar cooptado por otros internos. Y si no accede a esos pedidos, no sabemos qué pasa, el medio se vuelve muy adverso, casi irrespirable. Cristian está con los brazos caídos, no quiere salir de la celda.

-Doctor, ¿usted cree que no lo están tratando como deberían?

-Ese lugar no está en condiciones de darle un tratamiento como el que necesita. Hablamos de una persona que tiene una adicción de más de 30 años, una poliadicción en realidad, tal como consta en un informe del propio Cuerpo Médico Forense. Cristian requiere ciertos cuidados especiales por su patología de base. Sin embargo, ocurrió un episodio, algunas semanas atrás, en el que levantó fiebre, situación que llevaba ya al menos cuatro días y fue advertida por la madre, sin haber recibido ningún tipo de atención médica hasta ese momento.

Pity se entrega en la comisaría y confiesa a los medios: “Lo maté yo” (Maximiliano Luna)
Pity se entrega en la comisaría y confiesa a los medios: “Lo maté yo” (Maximiliano Luna)

-¿Cómo se resolvió?

-Finalmente, ante el ruego de la madre que clamaba atención y luego de hacerse mediática la cuestión, recién recibió atención médica, pudiéndose determinar que tenía una bronquitis. En ese contexto, a través de trascendidos periódicos, se pudo saber que en el Prisma existe un conflicto salarial que data de varios meses y que habría generado una merma de 30 médicos y profesionales. Al parecer ha habido recortes y médicos que no están más. Cristina siente que hay una desatención, considera que Cristian no está bien tratado y nosotros esto lo cuestionamos desde otro lugar. Si bien él cometió un hecho que es antijurídico, creemos que carece de culpabilidad justamente por sus alteraciones psíquicas y su patología y es por eso que consideramos que debe ser tratado debidamente por profesionales de la salud mental. Ella no lo ve bien, no está bien. Su salud empeoró, está con problemas gástricos severos y no le han hecho una ecografía todavía. No sabemos realmente cuál es su estado general.

Las lágrimas de Pity y el origen de su dolor

El 21 de septiembre, Pity tocó la guitarra para los familiares que visitaban a los detenidos en Prisma. Una de las canciones que tocó fue Homero, inspirada en su padre, que murió en 1997. Uno de sus fragmentos dice: "Y es así, la vida de un obrero es así, la vida en el barrio es así y pocos son los que van a zafar. Y es así, aprendemos a ser felices así, la vida del obrero es así y pocos son los que van a zafar".

Cristina fue testigo de ese momento:

-Creo que cantar esa canción fue una manera de conectar con su padre, a quien extraña mucho. Tocó tres temas de Viejas Locas con otro chico músico. Ese fue un buen momento porque él pudo conectar con lo que más ama, que es la música. Pero estoy muy preocupada por la salud de mi hijo. Lo ideal sería que pudiera hacer un tratamiento. Lo necesita. Si bien estaba conforme con el Prisma, estas cosas que están sucediendo, cómo la falta de atención y recortes de presupuesto, me preocupan mucho. Lo están sufriendo todos los internos. Sacarlo de ahí y hacerle un tratamiento para contenerlo, sería lo ideal. Para mí Cristian se volvió como un nene que necesita atención.

-¿Cómo fue la infancia de Cristian?

-Era un chico travieso pero en la escuela le iba bien. La música siempre estuvo en él, ni idea de dónde le vino esa influencia, no tiene familiares músicos. Eso en el ámbito nacional quizá no se le perdonó nunca, él salió con sus propios medios, no tiene padrinos, se hizo solo. Sin embargo Charly García, Andrés Calamaro, Fito Páez y Pappo lo han respaldado y lo invitaron a tocar. De chico era de escribir y guardar, no le gustaba que le vieran sus cosas. La música era su amor. Al fútbol jugaba pero no era lo suyo, nos reíamos con el padre porque ni de arquero se destacaba, pobre. Nunca me dio trabajo con el colegio. Era muy buen alumno, tenía sus cosas, obvio. Me han llamado por sus travesuras, que tenían más que ver con lo religioso que por cuestiones de estudio. Se dice que una vez rompió un rosario o lo desarmó en clase. A pesar de eso fue monaguillo en el colegio Don Orione. Colaboraba en la misa de los domingos.

-¿Cristian sigue creyendo en Dios?

-Sabe que hay un Dios y no sabe si es el Dios de todos. Se conecta con esa espiritualidad con César, el cura rockero que va a verlo todas las semanas. Según Cristian, tienen grandes charlas con respecto a las creencias. Él siempre tuvo una gran sensibilidad. Incluso ayudó a mucha gente. Hace cinco años una vecina me contó que ella había festejado su cumpleaños gracias a él, porque Cristian era amigo de su hijo. Ella andaba mal de dinero y él aportó para que pudiera festejar su cumpleaños. Yo no sabía, pero tenía esas cosas con la gente que quería. Era generoso.

-¿Usted solía ir a sus recitales?

-Sí. Sentía mucho orgullo por él, verlo tocar, yo que lo vi hacerse de a poco y desde abajo. Y llegó a un lugar muy alto. Lo que más me impresionó fue Vélez, lástima que al final no hablaron del músico por lo que pasó: un chico que fue corrido por la policía murió, al parecer lo mataron. Ese fue un hecho terrible.

-¿Cuándo se enteró de que su hijo tenía problemas de adicción?

-Con mi marido, para poder trabajar y traer dinero a casa y solventar la familia, teníamos que recurrir a mi suegra, su abuela paterna, para que los cuidara a Cristian y a su hermana. Y por eso perdés un poco la visión de tus hijos. Cuando descubrí que Cristian fumaba marihuana ya estaba terminando la secundaria. No era que peligraba su vida, no se lo veía mal. Él permanentemente le recalcaba a los chicos que lo seguían, aun en los recitales, que no entraran en la droga.

-Pero no fue solo marihuana…

-No, él probó con otro tipo de drogas, más duras. Durante muchos años -viví con el corazón en la boca, he pasado tantas con Cristian. Cuento una. Antes de terminar la secundaria entró a trabajar en una fábrica que hacía partes de automotores. Y se quiso lavar las manos y el cuerpo con agua ras y se le dio vuelta el tacho del agua ras. Era invierno, y el flujo de la estufita generó una explosión y se empezó a incendiar el vestuario. Él quiso tirar el tacho para afuera pero no pudo. No había matafuego. Le prendió fuego los pantalones y se quemó las piernas. Estuvo internado en el Güemes. Tenía 20 años.

-¿Cómo fueron los días de su hijo previos al homicidio?

-En esos días, Cristian había sufrido una seguidilla de robos. El 19 de junio lo asaltaron con armas, le robaron la mochila, le golpearon el cuero cabelludo y lo hicieron sangrar. Lo acompañé a hacer la denuncia a la comisaría 48, porque no quería salir de su casa solo. El me decía eso pero no me contaba el motivo. Cuando lo traje de la comisaría era muy tarde, le pedí que subiera y me avisara cuando estuviera arriba así me quedaba tranquila. Como no recibía su mensaje, fue hasta la puerta y vi a ese muchacho…

-¿Qué muchacho?

-Cristian Díaz. Estaba junto a otros dos chicos interceptándole la entrada. "Andate que está todo bien", me dijo mi hijo ese día pero me di cuenta que lo decía para que me fuera tranquila. Esa fue una de las tantas que le pasó y yo pude comprobar. Lo estaban esperando. Y lo reconocí al chico este porque me di cuenta que era el de la foto, esa que lo está abrazando o apretando y salió en todos lados. Lo reconocí. Mi hijo se sentía hostigado. Se lo había comentado a otra gente, a mí no me contaba todo. Quizá para preservarme.

-¿Qué buscaban esos chicos con él?

Cristian podía tener mucho o poco dinero pero tenía algo para dar. Esa cosa de que "bueno, a ver, me tenés que dar algo". Era así. Y si no era eso, le pedían droga. El se enojaba muchísimo porque decía: "¿Por qué no se la van a comprar ellos? Siempre me piden a mí". Yo no dormía bien últimamente, siempre pensando dónde estará y cómo estará y con quién estará. A sus amigas y amigos los volvía locos porque los contactaba para ver en qué andaba Cristian. Era una manera de monitorearlo porque no me abría la puerta de su casa. Cristian no salía a la calle a provocar. Creo que nunca supo manejar la fama. Hasta vivió siempre en el mismo barrio.

-¿Qué cree que pasó esa trágica noche?

-Con ese chico, la víctima, no sé. A mí modo de ver, mi hijo se vio en una situación de gran peligro para él o su novia. Le estaban pegando delante de ella, eran tres contra él. Aunque por supuesto no justifico de ninguna manera lo que sucedió y me pongo en el lugar de la madre del chico que murió y el dolor que debe tener, porque las madres sufrimos por todo lo que pueda pasarle a nuestros hijos.

-¿Es verdad que su hijo le dijo una vez que si vivía una situación de este tipo prefería matarse?

-Sí, me dijo que si algún día lo internaban, se mataba. Tuvo tres episodios de internación compulsiva. Lo llevamos a la fuerza. Cuando volvía a la realidad y se daba cuenta dónde estaba, se quiere matar. Quizá ese era el motivo por el que me quería lejos. Pero ahora estamos cerca otra vez. Lo he visto lagrimear en las visitas. Y ni siquiera le pregunto por qué llora. Lo dejo solo con su dolor para que se abra y se desahogue un poco. Tiene tanto dolor acumulado… él mismo se agredió toda su vida por no sacar ese dolor que tiene.

-¿Le encuentra explicación a ese dolor?

Lo atribuyo a la muerte de su padre, no tuvo mucho tiempo de evaluar que mi marido estaba muy enfermo y que le quedaba poco tipo de vida. Él tenía 24 años y mi marido se murió en dos meses de cáncer. Todo eso Cristian no lo asumió, yo no le oculté jamás la gravedad. Cuando murió mi marido fue un shock para él. El estaba en pleno comienzo de su carrera. Si escuchás esa letra es lo mismo que está pasando ahora y era lo que sufría mi marido cuando iba a laburar y se iba hasta la General Paz a tomar el colectivo. Mi marido cuando venía al a noche nos relataba los episodios que había tenido en su día, desde la falta de laburo de la gente, los pibes en la calle, y Cristian absorbía todo eso.

-¿Le duele que su hijo quede estigmatizado como un asesino?

-No estoy de acuerdo con las estigmatizaciones, honestamente se lo digo a todo el mundo. Mi hijo no es un asesino, es una persona enferma. Si Cristian Díaz no hubiera estado en ese lugar y hubiera actuado como actuó, hoy estaríamos hablando quizá de otra cosa o le hubiera pasado algo a mi hijo, uno nunca sabe el destino. Esto no quiere decir que no me importe que se haya perdido una vida. Siento mucho el dolor de la otra familia. Pero yo tengo que estar al lado de mi hijo, siempre, aun en los peores momentos. Quiero verlo renacer y que vuelva a ser el niño feliz que inventó su propia guitarra de madera para cantarle a sus amigos y vecinos. Ese es el Cristian verdadero. El que está en mi corazón y en el de mucha gente que no lo olvida.