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Orwell, Macri y la posverdad

Amnesty advierte la guerra de trolls que se desarrolla en Argentina. Denuncia lo que ocurre y señala las cuentas más atacadas: precisamente las de periodistas independientes no sometidos por el oficialismo. Entonces, todas las miradas se vuelven sobre el Gobierno.

En Inglaterra se descubre una empresa que, abusando de los datos aportados por Facebook, dice haber desarrollado acciones en Argentina para influir en las elecciones del 2017. Su representante aquí aparece vinculado a la campaña de Cambiemos. Entonces, nuevamente, todas las miradas se vuelcan sobre el Gobierno.

¿Por qué pasa eso? Porque el Gobierno presta particular atención a la comunicación en general y a las redes sociales en particular. Está en su esencia. Cree que gobernar es comunicar y que los discursos resuelven problemas. Por esas vías dedica muchos recursos presupuestarios y humanos para influir en la web.

La manipulación de la opinión pública es el alma de la gestión de Mauricio Macri.

El método no es nuevo. Cuando, al terminar la Segunda Guerra Mundial, George Orwell publicó 1984, describió un Estado manipulador (The Big Brother) en el que el Ministerio del Amor torturaba y castigaba a quienes enfrentaban al poder, el Ministerio de la Paz promovía la guerra permanente para buscar la adhesión ciudadana, el Ministerio de la Abundancia planificaba la economía racionando alimentos y el Ministerio de la Verdad manipulaba toda información tratando que las evidencias del pasado no contradijeran la versión oficial que se buscaba imponer. Títulos todos que representaban exactamente lo contrario a lo que se hacía.

Orwell escribió 1984 afligido por los totalitarismos, pero jamás advirtió que su obra acabaría convirtiéndose en una fuente inspiradora para muchos gobiernos ungidos democráticamente. En la modernidad, todo gobierno construye un relato que busca generar confianza y adhesión en tiempos en los que el individualismo o las lógicas corporativas prevalecen.

En Argentina, el Gobierno ha construido el suyo. Dice haber recibido una "herencia" signada por una administración que hizo de la "corrupción sistemática" un modo de gestión de la cosa pública. Su lógica discursiva está plagada de eslóganes: "Se robaron todo", "corrupción es López tirando bolsos de dinero tras los muros", "ahora la Justicia es independiente", "Gils Carbó quería reubicar fiscales a su antojo", "las decisiones de la Justicia solo hay que respetarlas". Podría seguir hasta aburrir al lector.

El relato tiene en el Gobierno de Macri una trascendencia primordial, y es así porque claramente busca manipular la opinión pública. Ese es el eje en torno al cual gira todo cuanto hace. La acción política reside en decir y parecer, y de esa forma el hacer y sus resultados pasan a ocupar un segundo plano.

Macri está convencido de que las cosas no son como son, sino como la gente cree que son. Una muestra despiadada de lo que algunos llaman "posverdad". El diálogo lo declama y al mismo tiempo pisotea los consensos. Y todo transcurre mientras una fuerza comunicacional se ocupa de tergiversar la verdad.

Veamos un ejemplo. Carlos Zannini estuvo mal detenido desde el primer día en que se lo privó de la libertad, pero lo polémico es su liberación. Increíblemente en las redes y en los portales se le exige a la fiscal que explique por qué lo liberó, cuando en realidad las explicaciones debían darlas los que lo encarcelaron.

Manipulación. Solo eso. La Presidencia de la Nación cuenta con una Dirección General de Discurso y una Unidad de Opinión Pública. Allí se diseña la "historia oficial" y se pone en boca del Presidente las palabras fundantes. Además de hacer discursos, están habilitadas para montar escenas. Supe, leyendo los diarios, que al ministro de Finanzas lo someten allí a un ejercicio de coaching para que pueda enfrentar al Congreso y dar respuesta sobre inversiones que hicieron empresas offshore de su propiedad.

Las clases no deben haber servido porque hasta aquí el funcionario sigue sin dar respuesta al Congreso. Me pregunto si será posible lograr que la gente vea como razonable que el ministro de Finanzas presida empresas offshore que compran los mismos bonos que él oferta como responsable del Estado. Tal vez la posverdad macrista lo logre.

Ocurre que el Gobierno nacional piensa que los discursos y las escenografías oficiales construyen una realidad en el ánimo social. Pero lo que no advierte es que si las políticas y los hechos no acompañan ese montaje, la realidad no se transforma y solo se logra decepcionar a la gente. Y así, la política languidece y la gestión fracasa, y solo queda en pie un formato que sostiene una realidad de diseño.

Con la designación de Nicolás Dujovne confiaron en su "calidad comunicacional" (así lo dijeron) antes que en sus aptitudes técnicas. En sus días de ministro dio tantas explicaciones como anuncios formuló. Pero sus políticas no aplacaron el ritmo inflacionario, no moderaron el déficit fiscal, profundizaron el déficit comercial e hicieron crecer peligrosamente el endeudamiento. Ante eso, no hay discurso que pueda revertir lo nocivo de las políticas. Así, las palabras solo suenan huecas.

Macri no entiende que lo que se dice no tapa la realidad que asoma. No hay discurso ni montaje escenográfico que torne valiosa la conducta de un policía disparando por la espalda a alguien que escapa. Aunque el Presidente lo reciba, lo abrace y lo reivindique públicamente, nadie en su sano juicio podrá soslayar la gravedad de lo que hizo.

Hay momentos en que siento que Macri organizó su gobierno inspirándose en Orwell y pensó que podría construir un mundo ficticio que funcione en paralelo al real. Con esa misma idea debe haber llamado Ministerio de Finanzas al que simplemente se endeuda y Ministerio de Hacienda al que solo degrada la economía. Y después, con igual lógica, debe haber llamado Ministerio de Educación al que abandonó la enseñanza y la dejó en manos de provincias empobrecidas, y Ministerio de Trabajo al que solo piensa en la renta empresaria.

Macri no advierte el riesgo que significa convocar a la esperanza lanzando frases sin sustento, porque, cuando la verdad queda al descubierto, la ilusión se hace añicos.

Son los años de Macri. Años vacíos de política y muy débiles en la gestión de la cosa pública. Años en que los empresarios se apoderaron del Estado para concretar los negocios que siempre soñaron y lo hacen mientras llenan su boca con invocaciones a la ética pública.

Así quedarán en la memoria colectiva, más allá del esfuerzo que haga la Dirección General de Discurso por entrenar en la mentira a quienes no cuentan con la razón o por dibujar un gesto de confianza en la rigidez que atrapa al rostro del culpable.