Unos marcianos agitan el reggae


Sig Ragga – La promesa de Thamar.

Sig Ragga – La promesa de Thamar

S-Music – Tres estrellas

Hay prédica en La promesa de Thamar. No es tan dogmática como sugiere el título, basado en un culebrón bíblico (¡muerte! ¡prostitución! ¡adulterio!), pero sí tiene que ver con una pretensión de trascender, un deseo de elevarse de lo mundano y abordar lo espiritual desde la abstracción, como quien recién descubre el yoga. Sig Ragga se despojó de casi todas sus intenciones reggae y eligió una instrumentación barroca y a la vez etérea, descendiente de la etapa más psicodélica de los Beatles y del rock-fusión de los setenta (o de su primo de chomba y mocasines, el AOR). Imposible no pensar en Spinetta Jade al escuchar a Tavo Cortés cantar con afectación "Millones de moléculas en vano, el gigante crece", sobre un arreglo de sintetizadores en "Un grito impotente", como también se hace difícil no recordar a Sgt. Pepper (en versión new age y con abuso de autotune) ante la melodía cálida de "Angeles y serafines", subrayada por infinitas cuerdas y teclados. En "Girasoles" sobrevive el folclore jamaiquino en cruza con el canto tribal africano, y con el rasgueo acústico de "Tonada de un augurio" remiten al hippismo inocente de Miguel Abuelo. "Lo humano, lo fraterno, lo profundo de un pensamiento", dicen en "El silencio", y funciona como resumen de un disco en el que el disfrute se abre camino como puede, entre capas y capas de "importancia".